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Amanece un nuevo día, un día fusco pero renovado, no como sus huesos que aunque siempre andan ofuscados, no les renueva ni un buen colchón ni eso que llaman descanso reparador. Una alucinación que, si acaso tiene algo de veraz, dura no más de cinco minutos para después evaporarse y regresarla a su renqueante realidad cotidiana. Hoy va a ser un día complicado. Toca arrastrarse, ponerse la sonrisa postiza no vaya a parecer que una está amargada; eso resulta muy incómodo cuando es viernes y el mundo tiene ganas de jarana o de descansar en paz en el sofá. Toca, qué novedad, hacer de paño de lágrimas (o de sparring) de su compañera de trabajo, Pepita, por más señas, que dice que es su amiga pero que nunca le pregunta si necesita algo porque las necesidades de todo tipo y naturaleza son exclusivamente de su propiedad desde que la conoce, así que mejor no le vayas con tonterías porque "te quejas de vicio y tú no sabes lo que yo tengo encima".
Se asoma a la ventana antes de salir a asaltar la calle y ve que está lloviendo. Coge el paraguas y piensa que asaltar la calle con un paraguas, si se toma de forma literal, suena muy ridículo, jaja. Maldición, por eso se le engancha la rodilla. Con razón parece que el día se presenta caminando con el culo; es culpa de esa jodida humedad.
Toca andar bajo la lluvia (que no cantar ni pasear) y la lluvia no es poca, además de que hace un frío pelado. Una mujer casi le saca un ojo con su paraguas al cruzarse en la acera. Ella la mira, iracunda, pero la doña tiene prisa y ni se entera, continúa taconeando con brío mientras la sigue con mirada airada. Al ir a cruzar la calle, a la doña se le tuerce un tacón y se libra por muy poco de caer de rodillas. "El karma", piensa ella contemplando, expectante, sus movimientos espasmódicos para evitarlo. Suelta un bufido de risa que no trata de disimular frente a ojos acusadores, (pero también sonrientes... hipocritillas). En vista de que la doña logra recuperar el equilibrio (aunque seguramente, no toda su dignidad) da media vuelta y prosigue su camino conservando una amplia sonrisa. Otro hombre la mira con expresión extraña, como de precaución, y esto le provoca un segundo bufido que suena como un eructo descomunal. El desconocido se hace a un lado para cederle el paso, acaso es una maníaca o una epiléptica sin medicación y le da por atacarle, que hoy en día ni de un ancianito te puedes fiar, los hay que hasta asaltan bancos, ¡a lo que hemos llegado! ¿A dónde está yendo a parar el mundo?
Ante el "detalle de cortesía" del individuo ya le es imposible reprimir una sonora carcajada. El hombre, definitivamente alarmado, aprieta el paso en dirección contraria.
Es muy incómodo tener un ataque de risa que no apetece tener. Porque llueve, porque le duele todo, porque está en plena calle pero, sobre todo, porque está sola y hasta ella piensa de sí misma que se le va un poco la pinza, de lo que deduce que no solo tiene un ataque de risa, sino que lo padece.
Dios, que ganas de llegar al trabajo, ¡quién iba a pensarlo! En cuanto Valcárcel asoma su cara de estreñido por la puerta del despacho lo que una desea es huir, no reír. El tipo es feo como un anticristo con anorexia en fase terminal y su carácter no dista gran cosa del de un engendro demoníaco de la peor calaña, así que es un buen antídoto para cortar el hipo y los ataques de risa absurdos.
La lluvia arrecia junto con el viento, no está segura de que el paraguas aguante las embestidas y lo aferra con fuerza mientras intenta posicionarse a su favor. La mujer que camina detrás de ella suelta un chillido al tiempo que su paraguas se da la vuelta y se descuajaringa. Su melena, en pie de guerra, apunta al cielo; parece que una mano invisible la está agarrando por el pelo desde arriba para elevarla y canonizarla. Pero se percata de que es Pepita y piensa que antes de ascender, primero tiene que pasar por el purgatorio y no sabe si eso está arriba a la derecha o a la izquierda, abajo.
"Suéltalo", le dice acercándose a ella. Pepita la mira agresivamente, arroja su paraguas al suelo y se agarra al suyo para no acabar como una sopa. En los pocos metros que caminan juntas hasta llegar a la oficina su extraño ataque de hilaridad se ha evaporado por completo.
Encima le debe un favor.
Ana Sefern