La Casa de Mis Sueños, por Ana Sefern
(4ª Parte)
(4ª Parte)
Recuerdo aquella tarde perfectamente. Maika bebió más de la cuenta y pasó de la indignación al llanto y del llanto a la risa histérica. Tenía un hijo recién casado y se explayó poniendo a caer de un burro a la estúpida de su nuera, a quien debía hacer buena cara por más que lo que deseara fuera atizarle con un cazo en el cráneo. Despotricó de lo lindo a cuenta de su jefa. Desde que era “una vieja puta frígida”, hasta que su "sufrido" marido, harto de ver todos los días “su cara de puta cansada” le había puesto los cuernos con cada una de sus empleadas en cada retrete de la oficina (creo que eso también la incluía a ella), “el muy cerdo, hijo de perra”.
Confieso que me reí hasta llorar, aunque la cosa no fuera de chiste, y que me pregunté si Maika se referiría a mí, cuando hablara con sus otras amigas, como “la loca campesina rebozada en barro o la chiflada misántropa del bricolaje”. Oí que mi parte oscura, tan activa como siempre, susurraba:
“De eso no te quepa duda, y cosas mucho peores”.
La mandé callar y me di un cachete por malpensada.
―¿Qué haces? ¿Una avispa? ―inquirió mi beoda amiga poniéndose en pie, tambaleante. Y a mí me entró tal ataque de risa nerviosa que se me atragantó el vino, lo escupí y la rocié de arriba abajo.
―¡Joder, Stef, eres una puerca, mira cómo me has puesto!
―Métete bajo la ducha, señoritinga, ¿no ves que casi me ahogo? ―repliqué cuando paré de toser―. Y deja la copa en la mesa, que sólo tengo cuatro.
―Vale, dejo la copa y me ducho, pero que conste en acta que, a veces, haces cosas muy raras.
―Que conste si quieres y añádele esto: esta noche duermes aquí, el coche no lo coges.
―No puede ser. A Juan le dará un ictus si paso la noche fuera.
―El ictus le dará si le escacharras el coche, y a mí si te matas ―repliqué sin pensar en lo que estaba diciendo. Maika me lanzó una mirada relampagueante mientras el agua de la ducha limpiaba su esbelto cuerpo de impurezas.
―Ese comentario es una bazofia, da gracias a que te quiero y a que mañana lo habré olvidado.
―Ese comentario es una bazofia, da gracias a que te quiero y a que mañana lo habré olvidado.
―Lo siento, tienes razón pero, por favor, no me cuentes cosas del querido Juan, si no quieres escuchar lo que pienso de él.
―Tengo que desahogarme, Stef, y tú eres mi mejor amiga; el resto son unas bocazas como yo que, en el fondo, se alegran de mis miserias. Así que si no me desahogo contigo, ¿con quién voy a hacerlo?
Sabía bien de lo que hablaba. En su círculo, mucho más mundano que el mío, donde lo que no se sabe se inventa para tener algo que comentar, la hipocresía era una monumental bandera ondeando al viento y todos sabían a qué atenerse. A nadie le gustaba, sin embargo, salir del círculo significaba, como poco, el ostracismo y las críticas más feroces.
Finalmente, Maika se quedó a dormir. Digo bien: a dormir. Una hora después se dejó caer como una losa en la pequeña habitación de invitados y me supo mal despertarla. Viendo que se hacía tarde fui yo quien llamó al “querido Juan” para anunciarle que su mujercita había decidido pasar la noche en el campo.
―¿Qué pasa, Estefanía? ¿Es que tu amiga se ha puesto hasta el culo de vino y no puede sujetar el teléfono? ―preguntó el “querido Juan” con la franqueza, a veces brutal, que da la confianza.
―En absoluto. Ha atiborrado la bañera de sales y me ha pedido que te diera un toque ―mentí―. Tranquilo, la tendrás en casa por la mañana para que pueda prepararte el desayuno.
―Estás graciosilla, ¿no?
―Tú siempre tan suspicaz. Bueno, te dejo, he de elaborar una cena a la altura de los gustos de tu esposa y eso lleva trabajo.
Pero preparé una cena sencilla y cené sola. Maika continuaba durmiendo la cogorza. Así seguiría durante horas hasta que se evaporasen los efluvios del alcohol. Entonces despertaría con la boca seca, dolor de cabeza y malhumor galopante.
Había cenado temprano, todavía era de día, no me apetecía ver la tele, no estaba inspirada ni para escribir una coma, el sol estaba bajo, sin fuerza para aplastarme... qué mejor momento para dar un paseo e inaugurar la visita anual a la casa de mis sueños. Me asomé a la habitación de Maika, comprobé que continuaba en los brazos de Morfeo roncando en una postura poco elegante a la que yo jamás haría mención para no avergonzarla. Tampoco mencionaría los ronquidos, Maika lo negaría enérgicamente aunque sabía muy bien que fumaba como una camionera desde hacía años y que roncar es la menor de las consecuencias que trae el tabaco.
Me sentí relajada mientras daba el primer paseíllo estival. No por bien conocer el camino me resultaba menos atractivo. Era como mi viejo pijama de franela en las noches de invierno, cuando afuera reina el frío y me acurruco en el sofá arrebujada en esas dos cálidas piezas que cualquiera, menos sentimental que yo, arrojaría a la basura sin perder un segundo. En esos momentos sólo sé que me siento bien, una gotita de felicidad de las muchas pequeñas que conforman el todo. Aquél camino era lo mismo: una gota más en el cómputo de mis pequeñas felicidades: mi pijama de franela de los días grises, costumizado convenientemente para soportar el calor.
Asomaba la torre de Las Buganvillas, los muros de siempre, el jardín desaliñado. La mano del hombre tampoco había pasado por sus muros avejentados durante aquél año, ni el invierno había hecho más estragos en ellos. Resultaba extraña aquella inmutabilidad, aquella resistencia al paso del tiempo cual actriz de cine reacia a envejecer. Pero a Las Buganvillas no le habían practicado un lifting, no le habían inyectado botox ni le habían realizado ninguna liposucción.
Próxima ya a la verja principal agucé la vista y apreté el paso.
Adivinaba algo nuevo, algo que no debía estar (o que no había estado durante los últimos veinticinco años)
“¿Un cartel?”
“No, no, no”.
Unas letras rojas en la pared, sobre el dintel de la verja, bajo el estrecho tejadito con los dos farolillos rotos.
“¿La pintada de algún desaprensivo?”
Todavía no podía distinguirlo, pero se me había encendido la luz de alarma.
Mientras me aproximaba haciéndome preguntas para despistar a mi mente venenosa, lo intuí; lo supe, más no quería leerlo.
SE VENDE
TEL 676782830
―Vaya ―murmuré frente a la verja, con los ojos clavados en el escueto anuncio―. Vaya, vaya.
“¿Estás tonta o qué?”
―Cierra el pico o te juro que acabo contigo ―mascullé con los dientes apretados, a punto de rechinar.
“Definitivamente estás como una cabra. Tú sí que vas a acabar mal, ¿lo sabes, no?”
“Y tú te la estás jugando”.
Inspiré hondo y expulsé el aire lentamente.
¿No fui yo misma quien dijo que si el propietario quisiera vender la casa pondría un letrero y un número de teléfono?
“Sí, señora, y ahí lo tienes, ¿ya estás contenta? ¡Eres más lista! ¿Qué piensas hacer ahora, seguir plantada delante de la puerta como una col? ¡Qué empuje!
“Me voy a casa, tengo que pensar”.
“¿Pensar? No pienses tanto y, sobre todo, no pienses estupideces o te explotará la cabeza, ¿qué sería de mi entonces?”
“Me importa un bledo, como puedes suponer. Muerto el perro se acabó la rabia. No existes sin mí, quién te has creído que eres?”.
“¿En serio necesitas que te lo vuelva a explicar? Ese tema ya está muy trillado, ¿no te parece?”
Puesto que mi interlocutor no era visible, lancé una mirada asesina al aire en tanto trataba de memorizar el número de teléfono bajo el tejadillo. No supe bien por qué lo hacía, no pensaba llamar, ¿a santo de qué? La casa debía valer una fortuna y yo no la tenía.
Regresé a mi casa con un humor de perros. Maika continuaba durmiendo apaciblemente, juraría que ni había cambiado de postura. Estupendo, se me habían quitado las ganas de cotorrear y no estaba para atender dolores de cabeza ni bocas resecas. ¡Que no hubiera bebido como una cosaca! Hacía tiempo que su juventud era una hoja amarillenta desprendida del árbol, si todavía no tenía dos dedos de frente no era mi problema!
“Pareces rabiosa… ¿lo estás? ¡Cu-cu! Es que te has puesto un poquito desagradable… desconsiderada, irascible…”.
―¡Me pongo como me da la gana!
“Huy, huy, huy, sosiega, chica”.
―Esa casa lleva un cuarto de siglo vacía, ¿a qué viene ahora venderla?
“Se me ocurren unas cuantas razones, a saber:
Uno - Los hijos o los nietos han heredado y necesitan cash.
Dos - El dueño está arruinado y tiene que desprenderse de propiedades no productivas.
Tres - Simplemente, se ha hartado de pagar los impuestos de un mausoleo que no piensa usar jamás".
―No me imagino la casa habitada por alguien que no sea yo―gemí puerilmente.
“Triple mema, ¡demasiado tiempo has desperdiciado montando castillos en el aire! Yo me alegro de que la vendan y me alegraré todavía más cuando la compren y la echen abajo. Esa es otra opción: a lo mejor acabas saliéndote con la tuya y no la habita nadie… ¡PORQUE SE LA CARGAN! ¡Jajajajaja!”
“Te satisface mortificarme... te gusta meter el dedo en la llaga. ¡¡Pues que te den, rata asquerosa, no sabes cómo te odio!!
“¡Shhh! Sujeta esa lengua malhablada. ¡Si yo sólo miro por tu bien! Ha llegado el momento de despertar, de bajar de las nubes, de poner los pies en el suelo. Se acabó la tontería, recuerda que tienes cuarenta y cinco tacos, no veinte.
“Eres ruin”.
“No lo soy”.
“¡Desde luego que lo eres!”
“Ni hablar”.
Aquella noche no pegué ojo. Tenía que madurar un plan y eso pasaba por tomar decisiones drásticas. Iba a poner los pies en el suelo, desde luego que sí.
Continuará...
Aquella noche no pegué ojo. Tenía que madurar un plan y eso pasaba por tomar decisiones drásticas. Iba a poner los pies en el suelo, desde luego que sí.
Continuará...