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domingo, 10 de marzo de 2013

ECOS DEL PASADO (segunda parte) (5)

2ª PARTE
ECOS DEL PASADO en un relato que consta de dos partes. La primera se titula "BREVES ANOTACIONES DE MAGDALENA YÉLAMOS" y la segunda "LA CAZA". 
Cada parte está dividida, a su vez, en varias entregas (1) (2) (3)...

Esta es la quinta entrega de la parte segunda. El desenlace.

                                            (5)



LA CAZA
OCTUBRE, 17 DE 1873


        —Ábrela  y entra —le ordenó a su hija.
Magdalena tiró hacia arriba de un alambre enredado en dos agujeros practicados en la madera. Se encontró con una escalera de piedra sumergiéndose en las tinieblas. Indecisa, miró a su padre.
         —Está muy oscuro —dijo.
Yélamos cogió una vieja lámpara de aceite que había sobre la mesa, la prendió y se la entregó.
    —¡Baja! —urgió, oído alerta a las voces del exterior de la finca. La muchacha obedeció. Yélamos la siguió y se las arregló para arrastrar de nuevo la raída alfombra, ayudándose del bastón, a la vez que, lentamente, iba cerrando la trampilla sobre su cabeza.
         —¡NO TE PARES!
Magdalena se había vuelto a mirarle y adivinó lo que trataba de hacer.
         —¿Estamos escondiéndonos? —interrogó, pasmada. Había creído que su padre la estaba castigando: primero despidiendo a los únicos amigos que tenía en la casa y ahora encerrándola en el subterráneo. Cierto que su forma de actuar no era la usual. Llevaba encima una pistola, aparentaba estar atento a lo que ocurría más allá de la verja de la finca e intentaba cubrir la trampilla como si esperase que fuera a descubrirla alguien. ¿Quién, si allí no quedaba nadie más que su madre y María?
         —¡Camina! Son esos estúpidos cazadores que andan revueltos, eso es todo —respondió Yélamos secamente.
         —¿Por qué? ¿Qué tienen que ver con nosotros? ¿Por qué tenemos que escondernos? ¿Qué les ha hecho usted?
         —¡No seas ridícula, muchacha! ¿Desde cuándo es necesario ofender a esa gentuza para que le traten a uno como a un apestado? ¡Son unos muertos de hambre y yo el señor, con eso basta para que se subleven!
         —¿De qué está hablando? Los sirvientes no se han sublevado, usted los echó, y esos cazadores no trabajan en la casa, ¿por qué tendrían que sublevarse? ¡No tiene sentido lo que dice!
         —¿Me estás cuestionando, maldita?
  —No, yo… es que no entiendo qué está pasando —gimió Magdalena, abatida. La barbilla le tembló al intentar contener el llanto. El semblante de su padre se transfiguró a la luz del candil. Iracundo, cogió a la niña por un brazo y la acercó a él rudamente.
  —¿No lo entiendes? ¡Pues lo vas a entender! ¿Por qué tenías que seguir viendo a ese muchacho, si te advertí que no lo hicieras? ¡Díme! ¿Por qué, eh, POR QUÉ? —increpó mientras la zarandeaba por un brazo como si quisiera arrancárselo—. ¡ESTÚPIDA, ESTÚPIDA, ESTÚPIDA¿A quién irás a llorarle ahora?
—¡Suelte, me hace daño! —se quejó la chiquilla forcejeando para desasirse de los garfios que se le clavaban en la carne. Cuando lo logró, aprovechó para huir de él, convencida de que su padre desvariaba más que nunca. ¿Por qué metía a Elías en lo que fuera que hubiera pasado? ¿Le había visto? ¿Le había prohibido personalmente que se acercara a ella? ¿Habría sido capaz de amenazarle con la escopeta que llevaba al llegar a casa? ¿Era por esa razón que los cazadores, entre ellos Asunción, estaban furiosos?
    —¡CORRE, NO IRÁS MUY LEJOS! —bramó Yélamos renqueando tras su hija, guiado por la luz balanceante que se movía en el pasillo—. ¡Debí matarte a ti, en vez de a ese palurdo!
Magdalena tropezó con un madero y cayó al suelo hiriéndose en la pierna con algo punzante. Las últimas palabras de su padre la dejaron sin aliento y no sintió dolor.
¿Qué había dicho?
¿Elías estaba muerto?
¿Él lo había matado?
¿Por qué? ¿Por qué?
¡No, no era verdad!
¡No podía ser verdad!
Pero sabía que sí lo era.  Había comprendido, al fin.                    
—¿Has oído lo que acabo de decir? ¿No querías saber? ¡Pues ahí lo tienes! ¡YA LO SABES! ¿Qué te parece?
La muchacha dejó el farol en el suelo. En su lugar cogió el madero con el que había tropezado. Tenía varios clavos incrustados en uno de sus extremos y volvió a pincharse. Sin  embargo, no lo soltó.
     —¿No dices nada, putita? —gritó Ramo Yélamos en tono alegre.
La chiquilla respiró hondo entrecortadamente. El aire le dolió en el pecho.
         “Digo que es usted un animal, un loco, un amargado y un pervertido. Y digo que me da asco, que le odio más que a nada o a nadie en este mundo y que, esta vez, va a pagar por lo que ha hecho, ¡lo juro por Dios!, respondió Magdalena mentalmente mientras un río de lágrimas volvía a surcar sus mejillas.”
Apretó el madero contra la espalda con ambas manos, esperó a que el hombre llegase a su altura y entonces le descargó un enorme golpe contra el pecho. Yélamos se dobló sobre sí mismo lanzando un quejido de dolor, ella aprovechó para asestarle otro tremendo porrazo, en esta ocasión, en la cabeza. Algo restalló. Yélamos cayó al suelo. Magdalena, impresionada, soltó el madero que quedó incrustado el la cabeza de su padre y se apartó de él caminando de espaldas.
         —Lo supo…nía —balbució el hombre—. Debí matarte a... ti.
         —Yo... lo siento —sollozó Magdalena, horrorizada. Se mordió los labios temblorosos viendo cómo su padre, de rodillas, trataba de darse la vuelta hacia ella. El hombre cayó de bruces, el madero se desprendió y también cayó al suelo. La luz del farol les dio de lleno a ambos. Magdalena vio que su padre sangraba por la cabeza, sin embargo, lo que la estremeció fue el odio que percibió en sus ojos.
     —No, no es verdad…, no lo siento. ¡Muérete, asesino! —susurró. Yélamos alargó trabajosamente el brazo derecho sobre el suelo polvoriento. Magdalena vio demasiado tarde la pistola. En el túnel retumbó un disparo.
Ni siquiera tuvo tiempo de gritar.

                                           ♣♣♣

Al salir de la casa Yélamos, la sed de venganza todavía no se había disipado en Asunción. Ni aún después de lo que había hecho. A quien él quería, en realidad, era al asesino de su hijo y a la chica. “Ojo por ojo y diente por diente”.
El resto del grupo abandonó la finca, muchos de sus componentes asustados por lo que acababan de vivir. A fin de cuentas no era su guerra, sólo se habían dejado llevar por la ira y el rencor y tendrían que vivir con ello el resto de sus vidas.
Asunción se resistía a salir de la finca. Aquél miserable no podía andar lejos; ¡aún estaba caliente el cuerpo de su hijo! Enloquecido de dolor y furia abrió de una patada la puerta de la caseta del guarda. Allí no había mucho que ver. Iba a marcharse cuando descubrió el chubasquero en la silla, todavía mojado. Maldijo en voz alta arrojándolo contra el suelo. Entonces se percató de que un borde de la sucia esterilla que lo cubría había quedado aprisionado en una rendija del mismo. Levantó la alfombra de un zarpazo y la trampilla quedó al descubierto. Al levantarla se encontró con las escaleras que conducían bajo tierra. Echó una ojeada rápida en derredor, en busca de una luz. Sólo pudo encontrar una punta de vela sobre la repisa de la chimenea. La prendió y se adentró en el subterráneo sin detenerse a pensar lo extraño que era aquello.
La luz del farol brillaba todavía al fondo del túnel, eso le puso sobre alerta. No se oían voces, aunque estaba seguro de que Yélamos y su hija se ocultaban allí abajo. Empuñó la escopeta sintiendo en sus entrañas flamear, descontrolada, la bandera del odio.
Tropezó primero con Magdalena. El farol tirado en el suelo un poco más allá, al lado del padre, alumbraba la terrible escena. Atónito, Asunción apagó la vela, bajó el arma despacio y se agachó junto a la niña. Le puso una mano sobre el pecho para asegurarse de que no respiraba. Después, su mirada se dirigió al cuerpo de Yélamos. Se acercó a él, vio el madero que le había fracturado el cráneo y la pistola en su mano derecha, todavía apuntando hacia Magdalena.
         —¡Bastardo, hijo de Satanás! ¿También tenías que matar a tu propia hija? ¿Qué clase de monstruo ponzoñoso trajo al mundo a un ser tan repugnante? —dijo mirándole desde su altura, sin intención de rozarle siquiera—. No eran más que unos niños…, tu hija, mi hijo… ¡maldito perro rabioso! Asunción rompió a llorar desconsoladamente, su cuerpo se sacudió de arriba abajo. Sólo al ver caído al asesino de su hijo tuvo conciencia de lo que él y sus amigos acababan de hacer. Habían linchado a dos mujeres inocentes. Para eso tampoco existía perdón. Al menos, él no se lo perdonaría mientras le quedara un soplo de vida.
La mano de Ramo Yélamos se movió. Asunción, con la mirada clavada en el cuerpo, lo vio a través de las lágrimas. Vio cómo trataba de aprisionar la pistola con sus dedos deformes y escuchó una respiración ronca, jadeante, llena de silbidos. El monstruo intentaba atrapar su último aliento antes de que se escapara para siempre. Asunción le miró con incredulidad por espacio de segundos que parecieron eternos. Después, dio media vuelta y salió del túnel tambaleándose.  
                                                               

                                            FIN