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sábado, 6 de abril de 2019

Bailarina

Painting by Meredith Hannon

Danza, sueña, diáfana y etérea,
con la fragilidad de la que nace tu fuerza.
Gira en el fragor de la tormenta
impulsada por el viento que a las olas canta 
y tu ilusión alimenta.
Baila, bailarina, que parece que flotas
sobre una liviana nube
de la que, frías, se desatan las gotas.
Danza, gira, baila bailarina, 
enroscada en tu espiral de sentimientos,
en tu tormenta y en tu calma,
serena o desconsolada, tú,
simplemente, baila.
Ana sefern

lunes, 25 de marzo de 2019

Flores sin Nombre

Cosmos Road by Barbara Philip´s


Crecerán las flores en las márgenes del camino.
Asomarán pletóricas por entre la hierba 
mojada de rocío.
No serán rosas, 
no serán narcisos,
no tendrán nombre, 
salvo para los entendidos.
Pero sí tendrán vibrantes colores, 
rosa, azul y amarillo,
desafiando en la alborada
al sol naciente, al cielo añil y al aire limpio.

Ella alargará su mano fina, 
cortar querrá un buen puñado,
formar con él un ramo 
para alegrar su hogar umbrío.

Pero luce tan hermoso aquél viejo camino
casi siempre gris y desfavorecido,
que no querrá estropearlo 
dejando en él huecos vacíos.
Y recorrerá despacio el sendero 
por entre el gozoso pasillo de flores vivas
que, agradecidas, acunarán su ensueño. 
Ana Sefern

sábado, 2 de marzo de 2019

Palabras Mudas


Palabras mudas que no son simples palabras, 
palabras con las que no se atrevería el viento 
ni el tiempo podría borrarlas. 
Pero estaban escondidas en el arcón de los silencios, 
atrapadas con la razón, la desgana
y mi fama de charlatana.
Hace tiempo que pasó su tiempo 
porque a nadie le interesó escucharlas,
se mudaron del arcón a una balsa de agua  
donde crecen el verdín y las algas.
Y ahí se quedarán, para siempre, estancadas.

Ana Sefern

viernes, 18 de enero de 2019

Asomada a la ventana


           
Asomada a la ventana, dejándose bañar por la luz de la luna, cerró los ojos. Sentía así que se integraba mejor con el entorno, notaba vibrar en su interior cada pequeño sonido del campo en esa insomne noche de verano. Los sentía muy adentro, los escuchaba y los respiraba.  
La brisa era una casi imperceptible caricia sobre su piel sudorosa y no lograba mitigar la desazón. La noche se conjuraba contra ella con todos sus elementos. La desvelaba, la acercaba a sus pensamientos más recónditos, le removía el espíritu sin compasión. Los sonidos del silencio eran gritos si les prestaba demasiada atención. Y ella lo hacía.
El delicado chasquido de una ramita al quebrarse, dos o tres grillos conversando a distancia, un breve trino adormecido, el clu-clú de algún renacuajo nadando en el sifón de riego, al otro lado del camino. Los árboles parecían quietos, sin embargo, susurraban como si velaran a un enfermo. Un gato deambulaba bajo ellos con su cauto paso almohadillado, pero en aquella quietud, no le pasó desapercibido.
El motor de la nevera, en la cocina, trabajaba a sus espaldas; el tic-tac del reloj de la mesilla marcaba los segundos infatigable. Un coche pasó raudo por la lejana carretera. Se preguntó inconscientemente a dónde iría, aún cuando ni esperaba ni deseaba respuesta. 
Su mente empezó a tejer un poema que no concluyó. Inició un segundo. En momentos así siempre le salían los más melancólicos, los que bebían directamente de su yo profundo aunque los rechazara sistemáticamente. Aunque, invariablemente, sucumbiera a su magnetismo.

No puedo olvidar aquellas notas encadenadas; 
siento, todavía, mis latidos de entonces. 
Rememoro tus gestos, tu mirada, mis temblores.
No puedo olvidar los olores, tan ricos y dispares.
Los temores.
Recuerdo las ausencias, 
los encuentros ya carentes de sentido.
El frío.
No puedo olvidar la herida, la sal vertida,
el nudo que estrangulaba las entrañas, 
subía y me ardía en la garganta.
Las lágrimas derramadas, las contenidas.
Me olvidaste,
te olvidé.
Y, a veces, todavía te olvido.

Ana Sefern