2ª PARTE
ECOS DEL PASADO en un relato que consta de dos partes. La primera se titula "BREVES ANOTACIONES DE MAGDALENA YÉLAMOS" y la segunda "LA CAZA".
Cada parte está dividida, a su vez, en varias entregas (1) (2) (3)...
Esta es la segunda entrega de la parte segunda.
(2)
LA CAZA
OCTUBRE 17, DE 1.873
LA CAZA
OCTUBRE 17, DE 1.873
Eso
esperaba, francamente. Ignoraba por completo las aficiones del joven; sería una
contrariedad importante descubrir, en ese preciso momento, que el chaval era un
amante de los animales y gritaba como una mujer ante el sonido de un disparo.
No
quedaba otro remedio que esperar, aunque aquél frío le estaba dejando rígido
como un carámbano y podía costarle un fuerte trancazo. A regañadientes
determinó que seguiría en su puesto, sólo, durante una hora más, no debía
dejarse llevar por la
ansiedad. Ahora imperaba conservar su archifamosa frialdad. Broma macabra sería
enfermar gravemente, justo cuando se disponía a deshacerse de un molesto, pero simple incordio.
Aquella
primera mañana regresó a la mansión de un humor endiablado. Entró en la cocina
para ordenar, abruptamente, que le prepararan una tisana y se la llevaran de
inmediato a su despacho. Examinó las ollas con la comida del día, predispuesto
a la crítica más salvaje. Las sirvientas, temblorosas, se retiraron a un rincón
de la estancia. No obstante, las cosas en la casa se hacían, de forma habitual,
exactamente como el señor mandaba (por la cuenta que les traía) y ese día no
era diferente. Yélamos abandonó las dependencias en dirección a su despacho sin hallar motivo de desahogo. Una vez allí tomó el atizador, echó un tronco a
la chimenea y se dedicó a avivar el fuego tal que si estuviese fustigando a su
caballo. Chispas rojizas danzaron en el aire, algún ascua saltó al suelo cerca
de sus botas. Fuera de sí, pisoteó unas y apartó de un puntapié otras.
Ni
siquiera oyó los golpecitos en la puerta. Era Saladina, la cocinera. La pobre
mujer habría preferido hallarse en las profundidades del océano, en lugar de
llamando a la puerta de su señor. Sobre la bandeja de loza decorada tintineaban la
taza, el platillo, la tetera con la humeante tisana y el azucarero.
Saladina
volvió a golpear la puerta discretamente.
—¿Qué quiere?
—Su…su tisana, señor.
—¡Entre!
La
visión del señor, atizador en mano, a punto estuvo de provocarle un desmayo a
la buena mujer.
—¡Déjela en la mesa y desaparezca!
—Sí, señor, en seguida.
El
resto del día lo pasó encerrado en el despacho como una comadreja
en su madriguera. Cuando, más tarde, Saladina le llevó la comida le encontró de
pie mirando por la ventana, encorvado sobre su bastón. No había respondido a los
golpecitos en la puerta, tampoco la invitó a pasar cuando asomó la cabeza con
cautela. No se volvió. En realidad no fue consciente de que había entrado. La
mujer dejó la nueva bandeja sobre la mesa y retiró la antigua con cuidado,
evitando hacerse notar. El señor estaba raro, demasiado callado, ausente, diría
ella. Percibió tensión flotando en el ambiente del templado despacho. El
sobresaliente silencio resonó en sus oídos como un molesto zumbido metálico.
Sacudió la cabeza y salió de la estancia, presa de un mal presentimiento.
El alba del día siguiente se presentó lluvioso. No era
una lluvia fuerte, sólo un sirimiri gélido e impertinente. Repitiendo los pasos
del día anterior, Yélamos salió temprano, antes que nadie en la casa se
hubiera levantado. Al pasar junto a la caseta del guarda decidió entrar para
hacerse con un rudimentario chubasquero que había pertenecido a Ezequiel, el
último ocupante del pequeño chamizo. La cabaña estaba fría y olía penetrantemente
a humedad.
Ezequiel
había sido un pobre diablo sin familia a quien Yélamos cedió la caseta, más dos
comidas diarias, a cambio de sus servicios. La caseta era inadecuada como
vivienda y las comidas más bien escasas, pero Ezequiel no tenía otro lugar a
donde ir y agradeció el ofrecimiento. Una neumonía desatendida se lo había
llevado al otro barrio dos semanas atrás y, desde entonces, la finca carecía de
guarda.
Yélamos
encendió un puro, lo apretó entre los dientes y salió al camino cavilando qué
ruta debía tomar ese día. Ni en sus pensamientos más optimistas pudo imaginar
que la suerte iba a convertirse en aliado fiel de sus planes sombríos.
La
llovizna cesó dando paso a una delicada neblina que, al principio,
creyó que iría a más y le obligaría a regresar a la casa. Nadie saldría a cazar
con niebla. Pero después de media hora de rondar los caminos estrechos, la
situación no había variado. De hecho, en ese corto espacio de tiempo, oyó
ladrar a los perros y escuchó más de un disparo. Lanzó al aire una bocanada de
humo del puro a medio consumir y se detuvo. Había oído pasos cerca, detrás
mismo de él.
—¡Hola,
buen día! ¿Qué tal se presenta la mañana? —habló alguien a sus espaldas.
Yélamos
apretó las mandíbulas con rabia. Se
volvió lentamente,
resignado a “perder” otro día y, por consiguiente, nada predispuesto
a conversar.
—¡Ho-hola, señor Yélamos, no le había
reconocido! Usted ta-también ha salido a cazar…
Yélamos
no respondió, se limitó a contemplar a su interlocutor fijamente, tras el primer instante de
sorpresa. En el rostro del joven que
tenía frente a él se reflejó cierto desconcierto.
—Soy Elías, el hijo de Asunción, no… no
sé si se acuerda de mí —se presentó.
Yélamos
se aclaró la garganta y arrojó el puro a un lado del camino. Con la otra mano
acarició la culata de la escopeta que llevaba colgada al hombro.
—Perfectamente. Nunca nos han
presentado, pero sí he oído hablar de ti. Créeme cuando te digo que me
satisface enormemente este momento de reconocimiento mutuo.
Continuará...
Continuará...