QUIEN A HIERRO MATA A HIERRO MUERE (I)
(Un cuento de Halloween)
Painting by Gregory Thielker
Lloviznaba aquél viernes cuando salió del abarrotado bar de copas en el que había pasado dos horas de animada conversación y cervezas, al terminar la jornada laboral. El airecillo frío de mediados de octubre empujaba la lluvia hacia él y le manchaba las gafas, cosa que le irritaba sobremanera, pero no le incitaba a arrastrar consigo un paraguas durante horas.
Iba algo achispado, no mucho, lo suficiente para pensar que, después de todo, volver a casa no estaba tan mal, que su mujer no se había convertido con el paso del tiempo en una bruja tocapelotas ni sus hijos, de seis y siete años, en un par de monstruitos malcriados que conseguían cuanto se proponían a fuerza de pataletas y chantajes emocionales.
El alcohol era un buen bálsamo, obraba milagros en su ánimo. Le hacía sonreír aunque cayeran chuzos de punta, recordándole cuan necesario y preciado bien es el agua, los beneficios que proporciona a la Naturaleza y que, en un tiempo, no habría necesidad de regar el césped.
O al pisar una caca de perro, signo inequívoco de buena suerte, quién lo duda; sonrisa amplia, ceja derecha alzada con cierta sorpresa... ¡Le esperaba un buen día!
Y es que, como dijo alguien con una gran capacidad de observación: "Siempre se ven nubes cuando empieza a llover, pero no siempre llueve cuando se ven nubes".
Su estado de ánimo permanentemente cabreado era culpa suya únicamente, o mejor dicho, culpa de la jodida crisis de los cuarenta en la que llevaba inmerso de pleno tres años. Se hubiera reído a carcajadas de quien le vaticinara, tiempo atrás, que eso iba a ocurrirle a él.
"Gilipolleces", habría contestado.
Sin embargo, a los cuarenta y tres recién cumplidos todavía continuaba deliberando si esa vida -su vida- era la que quería vivir hasta que, pasados otros cuarenta años, por lo menos, apareciera la parca con la inseparable guadaña a los pies de su helado lecho conyugal para señalarle que su tiempo había expirado, que había llegado la hora de hacer balance y rendir cuentas... que "ven conmigo, muchacho".
Pero en esos instantes, mientas caminaba hacia el coche todavía sonriendo, la vida -su vida- era casi hermosa. Hermosa sin casi. Satisfactoria. Su hogar era su castillo, su mujer una diosa de deslumbrante belleza, fresca y radiante cual fruto prohibido y febrilmente anhelado, y los niños dos pequeños ángeles que habían venido a colmar de felicidad a la pareja.
Entró en el coche cerrando rápidamente la portezuela, se pasó una mano por el pelo y se limpió las gafas con el jersey; después, introdujo las llaves en el contacto y lo accionó, prendió la calefacción, y con dos o tres maniobras dejó atrás el aparcamiento, pensando que se le había hecho un poco tarde -eran las diez de la noche- y que su diosa no le recibiría con las zapatillas en la mano precisamente.
Mientras cruzaba el centro de la ciudad deteniéndose de golpe en un semáforo en rojo (eso le iba a retrasar aún más) decidió que el ceño, con el que era más que probable que le recibiera Emilia, se borraría de un plumazo en cuanto le plantara por sorpresa un beso de cine de esos que salían en las películas pastelonas que a él lo narcotizaban irremisiblemente, y a ella le ponían la cara de boba y provocaban que le mirara de reojo con terrible desencanto. Sin dejarla reaccionar, y ya que los niños estarían duchados, cenados y acostados, se la llevaría a la cama. Emilia se contentaba con unas carantoñas, así que esta noche sería fiesta.
Tomó la carretera secundaria que conducía directamente a la urbanización de las afueras donde estaba su hogar, sin tanto tráfico y semáforos que se interpusieran entre él, su buen humor y el ímpetu amatorio provocado por las cervezas. Era una vía estrecha poblada de árboles a ambos lados de la calzada, lo cual siempre le había dado la sensación de ir a adentrarse en otro mundo. Hoy esto le estimulaba cuando, por lo general, le aterraba.
Continuaba lloviznando, un coche que circulaba a más velocidad de la permitida para aquella carretera, se cruzó con el suyo deslumbrándole levemente. Le dedicó un sonoro adjetivo entre dientes, que más calificaba a su madre que a él, mientras con una mano rebuscaba en la guantera el paquete de cigarrillos.
Fue eso, un segundo, dos, cinco a lo sumo, pero al volver la vista al frente no tuvo tiempo de evitar el impacto. El coche se había desviado ligeramente hacia el arcén alcanzando al ciclista, que voló por los aires, cayó sobre el capó del BMW, para acabar tendido, inerte, sobre la calzada. La rueda delantera de la maltrecha bicicleta continuó rodando lentamente en la cuneta.
-¡Dios mío, Dios mío... qué... ¡¡Joder!! ¿De dónde ha salido este tío, de dónde, de dónde? ¡¡Maldita sea!!
Uno, dos, tres, el corazón a punto de salírsele del pecho, la lluvia impasible, la carretera desierta...
-Calma, tranquilo, respira hondo, no ibas muy rápido, seguro que sólo está herido...
Maniobró para esquivar al ciclista y siguió su camino.
Continuará...
QUIEN A HIERRO MATA A HIERRO MUERE (primera parte)
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