Imagen: Calaveras en bicicleta, de José Guadalupe Posada
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QUIEN A HIERRO MATA A HIERRO MUERE (IV- FIN)
(Un cuento de Halloween)
Dicen que el asesino siempre regresa al lugar del crimen y Alberto empezó a sentir esa necesidad, aún repitiéndose a sí mismo que él no era un asesino. Cobarde sí, asesino no.
No había vuelto a recorrer el fatal trayecto desde el accidente, tomaba una ruta alternativa, más larga, para ir y venir del trabajo. Pasados quince días, tras otra noche en blanco, ojeras oscuras y profundas y una esposa que empezaba a hacer demasiadas preguntas consideró que, o volvía a la normalidad de su aburrida vida cotidiana, o acabaría completamente trastornado.
También dicen que el modo de avanzar es enfrentarse a los temores. Pues bien, eso es lo que pensaba hacer. Los fantasmas que le torturaban estaban bajo tierra -así lo creía- y él debía continuar viviendo pisando firme sobre ella.
31 DE OCTUBRE DE 2014
Esa mañana, tomada la decisión, fue incapaz de materializarla. Con las manos crispadas alrededor del volante y un sudor frío perlándole la frente inició el recorrido. Reculó a mitad de camino, en consecuencia, llegó tarde al trabajo. Paradójicamente se sintió aliviado. Lo intentaría a la noche, aprovechando que tenía que llegar temprano a casa para acompañar a sus hijos, de puerta en puerta por el vecindario, a reclamar golosinas. ¿Truco o trato?
¡¡Trato, trato!! Para él lo quisiera. Un trato con su conciencia, un trato que le permitiera sobrevivir con relativa normalidad.
"Sabes perfectamente cuál sería el trato, no te hagas de nuevas. Confiesa la verdad, no hay otra opción para lo que pides."
Demasiado tarde. No podía.
"Cualquier cosa, ¡cualquiera menos esa!"
Conforme, ¿dónde hay que firmar?
Salió una hora antes del trabajo. Los niños ya le estarían esperando impacientes, disfrazados de algún personaje absurdo. Condenada moda esa de celebrar Halloween como unos yanquis cualesquiera. Se sentó frente al volante ajustándose el cinturón mecánicamente, e inspiró hondo. No llovía, en nada se parecía esa tarde-noche a la de quince días atrás. Bueno, en algo sí, el tráfico que debía sortear antes de alcanzar la carretera que conducía a su hogar era denso, no obstante, tratando de aparentar calma y no pensar demasiado lo sobrellevó silbando al son de la música que tronaba en la radio.
Al internarse en la carretera aminoró inconscientemente la velocidad. Vio brillar la luna a su frente, semi oculta a ratos por las ramas de los árboles de la margen izquierda. Era una luna grande y gorda, perfecta en su redondez. Una noche de Halloween idónea, pensó riendo cavernosamente. Veda abierta para licántropos y cualquier otra bestia que quisiera sumarse a la fiesta.
Fotomontaje de N.K
Percibió cierta neblina en la distancia, un humillo blanco flotando en el aire tal que un vapor. La noche era húmeda de por sí y los árboles del camino aportaban humedad extra al ambiente. Por suerte no era tan espesa que impidiera la visibilidad; en realidad, era apenas perceptible cuando el auto se adentraba en ella. Envolvía sutil, suavemente, como un amante tímido al abrazar por primera vez. Alberto se frotó los ojos con dos dedos. Primero el derecho, luego el izquierdo. ¿Qué diablos... Levantó un poco el pie del acelerador parpadeando, la vista le estaba jugando una mala pasada. La neblina se movió rápido, a jirones a veces compactos, a veces completamente desgarrados, como traída y llevada por soplos de aire caprichosos. Aminoró la marcha un poco más, apenas si avanzaba ya. En los años que llevaba haciendo aquél recorrido nunca había visto una niebla tan extraña que se presentara de forma tan repentina. Fue consciente de la inquietud que le producía la situación, del temor irracional que empezaba a crecer en él, a reptar por su cuerpo desde el dedo gordo del pie hasta el rincón más recóndito de su cerebro. Pensó que, probablemente, era demasiado pronto para intentar vencer a sus demonios, que se había precipitado, que no estaba preparado para la lucha... que había luna llena en el cielo oscuro, que era la noche de los muertos... Y se rió del rumbo que le marcaban sus propios pensamientos cada vez más disparatados. Un hombre de cuarenta y tres años razonando como un crío de diez era algo totalmente grotesco.
Por entre los jirones vaporosos de la niebla que culebreaba sinuosa se recortó una figura. Una figura sobre dos ruedas, pedaleando hacia el auto envuelta en humo blanquecino.
¡Joder! Alberto frenó en seco, se le erizó el vello de todo el cuerpo. El ciclista no rodaba sobre el asfalto, se deslizaba por encima de él. Y le miraba. Era imposible asegurarlo con aquella oscuridad, pero lo sabía. Quiso reaccionar, salir de allí cagando leches, y no pudo moverse; estaba paralizado, ni tan siquiera fue capaz de apartar la mirada, aunque algún rincón lúcido de su mente le apremiaba a ello a grito pelado.
El ciclista "levitante" se acercaba y tras él asomó otro, y otro... y otro. Todos se arrastraban espectralmente, todos le miraban con las cuencas vacías de sus ojos...
Alberto notó cómo se le aflojaba el esfinter. Un líquido caliente le mojó la entrepierna dejando una mancha oscura en los pantalones. Ni así fue capaz de reaccionar. Con la boca entreabierta y los ojos casi fuera de las órbitas, siguió las evoluciones de los ciclistas de ultratumba pedaleando a ras de suelo, sin tregua, aún sin alcanzar nunca su altura. Parecían moverse, pero no se movían.
"Esto no está pasando, no es real, no es real noesrealnoesreal."
-¡¡SÍ LO ES!! -respondió el primer ciclista, un segundo antes en la distancia y, acto seguido, su cadavérico rostro pegado al cristal de la ventanilla del auto. Alberto dio un salto, le escuchó con total nitidez a pesar de que estaba subido y de que la radio continuaba encendida. Le escuchó en el interior de su cabeza mientras el corazón le palpitaba tan fuerte y tan desbocado que parecía ir a salírsele del pecho.
-¿TRUCO O TRATO, AMIGO?
Alberto hiperventiló. Instintivamente se llevó una mano al pecho sin poder apartar los ojos del esquelético ciclista.
-¿TRUCO O TRATO? -repitió él dentro de su cabeza.
-¡¡Déjame en paz!! -consiguió protestar entre jadeos. Entonces reaccionó. Puso la marcha, pisó el acelerador a fondo y el coche rugió sobre el pavimento rompiendo los jirones de niebla sin piedad. Por el retrovisor vio cómo el grupo de ciclistas, con su "jefe" a la cabeza, le observaba impasible flotando sobre el suelo. Aceleró un poco más ansiando perderles de vista, pero no lo consiguió. Por más que aceleraba, ellos siempre se mantenían a la misma distancia, observándole.
-Noesposiblenoesposiblenoesposible... -masculló, aferrado con fuerza al volante mientras lanzaba desesperadas miradas al retrovisor. Cuando volvió a mirar hacia delante, ellos estaban allí, formando una fila tétrica que abarcaba todo el ancho de la calzada. Alberto hundió el pie en el freno, perdió el control al intentar esquivarles y el coche rodó una y otra vez sobre el capó. El ruido de cristales y chapa se adueñó de la solitaria carretera durante unos segundos que parecieron eternos. Después todo quedó en silencio.
La radio del BMW volvió a iluminarse por un instante.
-TRUCO -dijo una voz.
Y Alberto Arenas, antes de morir, comprendió.
FIN





