Imagen: Golden vintage de Stan Stokes
Fui muy feliz allí.
De niña corría entre las vides en el atardecer de aquellos interminables días del verano. Jugaba al escondite con el querido Lucas, nuestras risas se elevaban en la quietud del ambiente bajo el glorioso cielo que comenzaba a teñirse de anaranjado y que dotaba el paisaje de una divina belleza que, por entonces, yo todavía no sabía apreciar.
Cuando mamá nos llamaba desde el porche para la cena, Lucas y yo llegábamos corriendo junto a ella jadeantes, sudorosos y sucios como cochinos. Mamá nos regañaba y nos obligaba a asearnos en el pilón de piedra que había justo frente al porche de nuestra casa mientras nos vigilaba con el ceño fruncido y una apenas perceptible sonrisa en los ojos; esa sonrisa de ojos grises tan suya, entre acerada y cálida, que lo mismo valía para advertirnos de unos buenos azotes como para animarnos a correr a sus brazos.
Imagen: Vineyard at sunset
in tuscany, de Giuseppe Pino
in tuscany, de Giuseppe Pino
Más tarde, ya en nuestro cuarto que compartimos hasta los doce años, Lucas y yo contábamos estrellas asomados a la ventana en tanto nos dejábamos acariciar por la brisa tibia de la noche y escuchábamos el rumor de la conversación que subía desde el iluminado porche. A veces, imaginábamos historias. Las de Lucas eran siempre descabelladas y yo, aunque intentaba reír bajito, jamás lo conseguía e, inevitablemente, papá acababa llamándonos la atención para que nos durmiéramos. Lucas se ponía furioso conmigo. Noche tras noche, papá aparecía en el umbral de nuestro dormitorio fingiéndose enfadado y nosotros corríamos cada uno a nuestra cama y nos arropábamos con la sábana hasta la cabeza. Papá nos daba una palmada en el trasero y, a continuación, un beso de buenas noches en la frente.
El tiempo se fue arrastrando, primero lentamente y, cada vez más rápido. Los pequeños crecimos, los adultos se fueron para siempre. Un día desperté preguntándome como fue que los años pasaron frente a mi sin que me diera cuenta de cómo todo iba cambiando. ¿Cuándo dejamos de ser aquellos niños?
Seguimos con nuestras vidas. Simplemente. Cada minuto es un minuto más y también un minuto menos... Así pasa el tiempo.
Lucas formó su propia familia lejos de nuestro viñedo. Ley de vida, me alegré por él, pero lloré a escondidas. Yo seguí allí, junto a la tierra que me vio crecer, alimentándola, cuidándola, exprimiendo todo el jugo de aquellas vides, pisando sobre las huellas de nuestros padres. Me enamoré, tuve hijos, sus risas y juegos suplieron las nuestras. En el atardecer de las tranquilas tardes veraniegas, los adultos nos sentábamos, como antaño, en el porche mientras el sol caminaba hacia su ocaso pintando el horizonte de aquél maravilloso color entre dorado y anaranjado
... y el reloj de nuestra vida despedía humo por todos sus engranajes.
Arte digital
Hoy, tantos años después, en esta nueva etapa que ahora sé no será la última, he vuelto a jugar entre las vides, despreocupada como cuando era niña, redescubriendo la tierra amada desde mi perspectiva gatuna. Olores que ahora aprecio de forma distinta, rincones desconocidos, atrayentes, diferentes compañeros de juegos...
... y el reloj de nuestra vida despedía humo por todos sus engranajes.
Arte digital
Hoy, tantos años después, en esta nueva etapa que ahora sé no será la última, he vuelto a jugar entre las vides, despreocupada como cuando era niña, redescubriendo la tierra amada desde mi perspectiva gatuna. Olores que ahora aprecio de forma distinta, rincones desconocidos, atrayentes, diferentes compañeros de juegos...
Y la antigua brisa tibia que me hace entornar los ojos perezosamente, alzar la cabeza y mecer la cola suavemente. Los atardeceres difuminados que admiro desde lo alto del muro cada día, en una especie de ritual que une mi nueva vida con la anterior.
Soy feliz, inmensamente feliz. La tierra perdura y sé que yo perduraré con ella.
A.Sefern






