Viajan conmigo

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"ES MEJOR ESCRIBIR PARA UNO MISMO Y NO ENCONTRAR PÚBLICO, QUE ESCRIBIR PARA EL PÚBLICO Y NO ENCONTRARSE UNO MISMO."
(Ciryl Connolly)

sábado, 3 de diciembre de 2016

Guirnalda


Woman with garland by Gustave Courbet

Tengo una guirnalda muy larga con la que voy a envolver
las ilusiones, las risas, a mis amigos del alma; 
También las canciones, las melodías, los árboles desnudos,
la escarcha, la nieve, la lluvia y la noche en calma.
Engarzaré en mi guirnalda a mis otros amigos de cuatro patas,
a los aromas que despiertan sentimientos dormidos, 
a los amores que inspiran, a mis seres más queridos, 
a los que se fueron y a los que aún están,
a las historias ya escritas, a las que han de llegar.
Al desfavorecido, a sus lágrimas tibias, a sus manos frías,
a la complicidad.  
Envolveré para que no se pierda, el crepitar de la leña,
la calle vacía, el brillo de las luces y el dulce calor de hogar.
A. Sefern

martes, 29 de noviembre de 2016

El Tren de la Vida





















Old train station by David Corina

Años después, el tren se detuvo en la estación de mi niñez. La recordaba más grande, más nueva, más ruidosa, con más viajeros entrando y saliendo. Lloré desconcertada, y aferrando la vieja maleta de nostalgias decidí tomar un tren de vuelta a mi madurez, para continuar viviendo momentos que un día serán bellos recuerdos.
                                                                Ana Sefern

martes, 15 de noviembre de 2016

Momentos

Art by Viggo Johansen-"Silent night"


Instantes congelados, 
momentos anhelados,
ilusiones infantiles,
recuerdos del pasado, 
de un presente soñado.
Juegos inocentes, 
dulces cantos,
risas cristalinas,
un nido caliente, 
mucho amor regalado.

Inolvidables días vividos,
cálidos momentos por vivir
a tu lado.

A. Sefern

miércoles, 9 de noviembre de 2016

El tiempo

Imagen de la red


Dices que tienes corazón, y solo 
lo dices porque sientes sus latidos;
eso no es corazón..., es una máquina
 que al compás que se mueve hace ruido.
Gustavo Adolfo Bécquer

El reloj envejeció y se paró un día. Calló su monótono tictac, se quebró el cristal, enmohecieron sus manecillas. Las arañas tejieron resistentes telas aprisionándole en un abrazo letal, invitándole a no despertar,  a morir para siempre.
Y la maquinaria del tiempo, esa cosa abstracta siempre engrasada, siguió caminando hacia el futuro con su silenciosa canción, segundo a segundo, minuto a minuto, hora tras hora...  
                 Al tiempo le pido tiempo, y así se pasa toda una vida.
                                                                                       Ana Sefern
                                                                

viernes, 4 de noviembre de 2016

Placebo

Imagen de la red

Una silla que cojea se puede equilibrar,
un juguete que se rompe se puede arreglar,
un cristal quebrado se cambia y ya está.
Pero el  tren que se pierde, ese mismo, volver no volverá.
Para un corazón que mucho ha sufrido, la anestesia del tiempo es un placebo, no una cura real.
A. Sefern

sábado, 29 de octubre de 2016

Cuervos


Imagen vía Pinterest


Miradas displicentes, 
rojas, 
indolentes.
Oscuros como un mal pensamiento,
brunos como un pecaminoso deseo
esperando su justo momento.
Bajo la luz de la luna, sombríos, 
negros, 
estáticos, 
vacíos.
Graznan hambrientos apiñados en la rama,
alientos hedientos,
frente a las puertas de tu alma.

Ana Sefern

martes, 25 de octubre de 2016

Tristesse


























Imagen de la red

Buenos días, día de lluvia. 
Hoy desperté temprano y ahí estabas tú, 
llorando en mi ventana. 
Hace mucho te esperaba, te estreché la mano 
y salí a pasear bajo tus lágrimas, las mías. 
Qué alivio, día de lluvia, dejar de llorar por dentro, 
dar rienda suelta a tanto sentimiento.
Hoy me siento liberada, mezclando con las tuyas, mis lágrimas.

lunes, 17 de octubre de 2016

Sara


















Imagen de la red

A Sara le gustaba recorrer el cementerio de su pueblo, un camposanto antiguo con ciertos tintes góticos. Pasear por entre tumbas y mausoleos no le causaba aprensión ni temor. Leer las inscripciones talladas en las lápidas que se alineaban en apretadas filas de nichos, jamás le produjo desasosiego. Contemplar los rostros desvaídos, prisioneros detrás del cristal de su pequeño marco finamente ornamentado, le provocaba una inmensa ternura que su joven mente no atinaba a racionalizar. Se extrañaba de este sentimiento, ya que de nada les conocía.
Así era en su niñez, cuando cada 1 de noviembre por la festividad de Todos los Santos, visitaba el recinto de la mano de sus padres para depositar flores frescas en la última morada terrenal de sus abuelos maternos. El cementerio estaba precioso, su luz parecía diferente, más brillante. Ese día olía distinto, a césped recién cortado, a fresca humedad, a mil aromas florales. Pequeño y recogido como era, palpitaba de vida en cada rincón y ella creía ver una sonrisa velada y una mirada especial en el rostro de cada imagen congelada en el tiempo.
Sara era observadora, tampoco se le escapaba la expresión de tristeza en los ojos de su madre cuando, agachándose, detenía unos instantes su mano sobre la lápida fría y, a continuación, colocaba el ramo de flores en el pequeño jarroncillo de metal. Permanecía un rato quieta en esa posición, absorta, luego se incorporaba y volvía a tomarla de la mano. 
Cualquier otra niña de seis, siete u ocho años, hubiera hecho preguntas o incordiado para marchar a la pastelería a dar buena cuenta del pastel prometido, o a la feria que se instalaba en la ciudad por esas fechas, pero Sara guardaba silencio, oprimía la mano de su madre y le sonreía tímidamente respetando aquellos momentos que la ausentaban de su presente.
Sentía que la comprendía en lo más hondo de su corazón, que a pesar de la serenidad que encontraba en aquél lugar de piedra y mármol, de ángeles solemnes, de pasillos estrechos y extrañas casas grises, cosa diferente sería si hubiera de pasar por lo que su madre estaba pasando. Tener que ir a visitarla, como ella hacía con sus padres cada fecha señalada, para contarle sus cosas a través de una insensible losa, le ponía la piel de gallina por todo lo que implicaba: no volver a sentir nunca más sus cálidos abrazos, sus besos. No volver a escuchar su voz. Si se ponía en su lugar... tenía miedo.

Seis lustros más tarde, un nuevo 1 de noviembre, Sara sigue recorriendo ese mismo camposanto como ha hecho cada año durante los últimos treinta. Su alma sigue fiel al ritual. Las puertas del cementerio abren temprano y ella otea ansiosa la entrada, hasta que les ve. Llegan cogidos del brazo, mamá lleva un ramo de flores, papá otro. En sus rostros se refleja el paso del tiempo, también en sus cuerpos, pero Sara se asoma más allá, adentro, tiene ese privilegio, y le aflige lo que ve. 

Cómo explicarles que es feliz, que el tiempo para ella ya no significa nada, que no es nada sino un suspiro, una leve inspiración, que lamenta tanto su dolor que es la única razón por la que vuelve cada año, pero que su alma hace mucho que vuela alta e inmensamente dichosa... Que les espera como sus abuelos la esperaban a ella, que estará preparada para recibirles, pero que no tiene prisa; lo que ha de ser es en el momento justo, ni un minuto antes ni uno después.
Va hacia a ellos, les envuelve con todo el amor que alberga su esencia y les precede en su recorrido por los pasillos del viejo camposanto. 
Cuando se marchan, hay una niña entre ambos cogida de sus manos. Como entonces.

Ana Sefern