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sábado, 29 de febrero de 2020

Traición (PRIMERA PARTE)

Stabbed heart - Art by Kim Saigh


TRAICIÓN (PRIMERA PARTE)

"Hay puñales en las sonrisas de los hombres; cuanto más cercanos son, más sangrientos". William Shakespeare


Mucho le quedó por hacer. Causas pendientes y un sinfín de asuntillos en los que uno no piensa a corto plazo porque cree que hay vida por delante perdiéndose en la lontananza de los años. 
No estaba preparado para morir. La muerte era algo abstracto que le ocurría a otros y que, en algún momento más abstracto aún, le sucedería a él. De ahí que, en el presente, su descolocado espíritu anduviera remoloneando como alma en pena o, más bien, como "alma inflamada de odio y furioso despecho". Claro que, dicho así, suena muy poco romántico... 

Y es que, se tenga la edad que se tenga, nunca es buen momento para cruzar al otro lado en tanto la mente y las fuerzas acompañan. Salvo los suicidas que, por sus circunstancias así lo eligen, morir es la gran putada que nos hace la vida después de nuestro azaroso paso por ella. La carcajada final de quien ríe el último. El cáliz amargo que nadie se libra de beber. 
Sin embargo, esta realidad común a todo ser vivo, no le servía para aplacar la ira que le dominaba. Nunca le había consolado el "mal de muchos", no era imbécil. 
Supo, en el instante de exhalar su último suspiro, que no estaba sufriendo un ataque cardíaco aunque los síntomas, incluido un intenso dolor en el pecho, así parecían declararlo. Le bastó para saberlo la expresión que vio en el rostro que se inclinaba sobre él. 
Es curioso cómo en un trance tan crítico, la verdad se nos presenta desnuda, añadiendo al dolor, el estupor y la incomprensión. Como si uno no tuviera bastante con la certeza de que si todo tiene su fin, éste ha llegado.
  
No fue persona de trato fácil; demasiadas responsabilidades, muchas preocupaciones las que le daban sus fructíferos negocios. Fue un hombre muy ocupado, como se suele decir de quien existe, básicamente, por y para su trabajo obviando otros aspectos vitales de la cotidianidad. No obstante, en la misma medida, también fue un hombre de intensas y sinceras pasiones las pocas veces que se dejó llevar. 
    
    Cerró los ojos frente a la casa que fue su hogar. Como en el momento de su muerte, desfilaron los recuerdos. Multitud de escenas fragmentadas que marcaron su existencia de un modo u otro. Aunque desordenadas y breves, eran unas fotografías tan nítidas que le trajeron al presente las sensaciones de antaño. Permitió que su furia creciera retroalimentada por cada imagen, por cada sentimiento, por cada pellizco que esa realidad pasada, feliz o infeliz, provocaba en su alma. 
  
  ¿Qué clase de veneno indetectable le administró aquella zorra adúltera en connivencia con el perro avaricioso de su hermano? El porqué era tan vulgar que le humillaba y le irritaba a partes iguales: estaban liados y él sobraba, la historia más trillada del mundo, novelas y películas daban fe de ello. 
Estuvo ciego frente a las señales y acabó pagándolo con su vida, a estas alturas no le dolían prendas entonar su propio mea culpa.
Pero una cosa no disculpaba ni disminuía a la otra. Su mujer se había hartado de él y, su propio hermano, siempre ansió ocupar su puesto, en su cama y en la vida, sin el esfuerzo de trabajar para lograrlo. Hechos. 
Le asesinaron. Hechos. 
Su cuerpo era un puñado de cenizas. Putos hechos.  
  
    Le advirtieron que dejara las cosas como estaban, que no le correspondía tomarse la justicia por su mano, que el mundo terrenal ya le era ajeno, que todos rendiríamos cuentas algún día. Que fuera hacia la luz. 
   ¿En serio? Las cosas nunca son así de simples, ni él una infeliz polilla aturdida que confunde la luna con una bombilla, revolotea desorientada a su alrededor y se convierte en blanco fácil para sus depredadores. 
Ahora, ya no. 
Dos desgraciados, en los que confiaba, le arrancaron el bien más preciado que sus padres le habían regalado hacía treinta y ocho años. Por su culpa, sufrían la agonía de haberle sobrevivido. Dejar impune eso y permitir que quienes provocaron su dolor disfrutasen de lo obtenido por medio de malas artes no era una opción. Gustoso ardería en el infierno por toda la eternidad, a cambio del placer de aplastarles como se aplasta una cucaracha. Con saña. Entonces, y no antes, iría hacia la luz o hacia el abismo, tanto le daba.

    Cruzó la pared que separaba el interior de la casa del exterior. No sintió el contraste entre el frío externo y la calidez que emanaba de la chimenea encendida del salón. La iluminación de la estancia era agradable, íntima. La que una vez fue su esposa, tumbada en un amplio sofá color camel, hojeaba una revista
 en tanto dirigía miradas ansiosas al vetusto reloj de pie de la habitación. La mesa para una cena romántica estaba puesta con esmero. Desentonaban las velas encendidas en sendos candelabros de plata, de las que se habían consumido dos tercios, por lo que la cera chorreaba en caprichosas estalactitas estropeando el efecto impecable de la mise en scène. 
   Se puso al lado de la mujer contemplándola desde arriba con desprecio. Viéndola así, aparentemente relajada, se inflamó de rabia. Con un brusco ademán hizo volar la revista a otro punto de la sala, y allí comenzó a arder. La mujer gritó, saltó del asiento como impulsada por un resorte, rostro lívido, ojos muy abiertos contemplando, fascinada, cómo se consumía rápidamente.
Él no sintió nada, ni tan solo un punto de satisfacción. En una ficticia balanza analógica, la aguja ni se inmutó.
Estrangularla le daría algo de placer... (5 puntos)  
Romperle el cuello (7 puntos) 
Apuñalarla cien veces sin darse un respiro (9 puntos) 
Pero lo que realmente sacaría la aguja de sus límites y hasta le produciría un glorioso orgasmo, sería ver la vida escapando de sus ojos borreguiles mientras boqueaba, tosía, luchaba, gritaba o le suplicaba a la nada (¡10-100-1000...!) 
   "Ojo por ojo, diente por diente." 
Y sí, también se los arrancaría.
    Se escuchó cierto forcejeo en la cerradura de la puerta principal. Alguien intentaba abrirla y parecía tener dificultades. La mirada de la mujer vagó, de la ennegrecida revista, a la puerta que daba al hall, pero continuó allí de pie, en medio de la estancia, incapaz de moverse.
   -¿Roberto? -preguntó con voz ronca. Carraspeó para aclararla y añadió-: ¿eres tú?
  -Bueeenass -saludó el recién llegado asomando, tambaleante, por la puerta del salón. Ensanchando las aletas de su aristocrática nariz aguileña, olfateó el aire de forma ruidosa y comentó jocosamente -:Aquí huele a xamusquina, ¿se te quemó el asado oootra vez, Camililla?
La mujer apretó los puños, crispada. Su reciente sobresalto pasó a un segundo plano.
    -¿Y tú, vienes borracho otra vez? -¡Por Dios, Roberto, cómo eres tan gilipollas!
El hombre puso los ojos en blanco.
  -Borrraxo sí, gilipollass, nonono... Borraxo felisss. Se acercó a ella para abrazarla torpemente. Camila, recobrando el movimiento de las piernas, lo apartó propinándole un rodillazo en sus partes. Roberto lanzó un aullido, doblado sobre si. 
   -¡Cretino! ¿En qué hora pensé que cambiar a Diego por ti era una buena idea? Pero si no le llegas ni a la suela del zapato, maldito vago, inútil, parásito, borracho de mierda...
Roberto la hizo callar de un puñetazo.
Continuará...

jueves, 14 de noviembre de 2019

Una Vez Más



















Remember that time by Meena Matai


Después de un tiempo, no sé si mucho o poco, cuando la ausencia es un hecho que se siente real, que se palpa, que toma consciencia. Cuando, supongo, que se asume definitivamente y también, por qué no, se acepta, porque es ley de vida, porque la vida es así, porque es el destino de todo ser vivo: desaparecer, transformarse o reciclarse, revivir... qué sé yo... Después de todo, te veo ahí, en el umbral de la puerta, observando y sonriendo, más que con la boca, con los ojos. Como cuando te guardabas un as es la manga y yo lo sabía, aunque no acertaba adivinar cuál... Y mira que le daba vueltas.

Y te veo, no como en tu mejor época, tampoco como en la peor, sino en esa intermedia que tan bien conocí en la que tarareabas al afeitarte o silbabas al trabajar aunque la faena fuera dura y estuvieras cansado. Como cuando jugábamos a las cartas, o jugabas con mamá, y se enrabietaba porque siempre ganabas tú. Y tú te reías. 

Siempre canturreando, siempre silbando bajito. 
Supongo que fue gradual y tu alegría innata se fue apagando con los años. Un día, sin más, me di cuenta de que ya no silbabas al trabajar, ya no tarareabas aquellas no canciones, no te chispeaban los ojos. Ese día me dio un pellico el corazón y, aunque nunca dije nada, durante años me pregunté qué sentirías, qué pensarías. 
Por qué. 

Quizá no me atreví a preguntar, intuí el motivo. Éramos  - somos- tan parecidos en lo que de verdad importa... Quizá sabía que no me ibas a responder, quizá temí que respondieras la verdad. Quizá estaba equivocada. 
Pero también, quizá, ahora tú sepas lo que siempre sentí por ti.

Por eso, hoy que el recuerdo te ha traído de forma tan clara, sin buscarlo, sin esperarlo, sin pedirlo, me he alegrado de verte así: con los ojos sonrientes, como guardando un buen secreto.
Una vez más.
Ana Sefern

sábado, 6 de abril de 2019

Bailarina

Painting by Meredith Hannon

Danza, sueña, diáfana y etérea,
con la fragilidad de la que nace tu fuerza.
Gira en el fragor de la tormenta
impulsada por el viento que a las olas canta 
y tu ilusión alimenta.
Baila, bailarina, que parece que flotas
sobre una liviana nube
de la que, frías, se desatan las gotas.
Danza, gira, baila bailarina, 
enroscada en tu espiral de sentimientos,
en tu tormenta y en tu calma,
serena o desconsolada, tú,
simplemente, baila.
Ana sefern

lunes, 25 de marzo de 2019

Flores sin Nombre

Cosmos Road by Barbara Philip´s


Crecerán las flores en las márgenes del camino.
Asomarán pletóricas por entre la hierba 
mojada de rocío.
No serán rosas, 
no serán narcisos,
no tendrán nombre, 
salvo para los entendidos.
Pero sí tendrán vibrantes colores, 
rosa, azul y amarillo,
desafiando en la alborada
al sol naciente, al cielo añil y al aire limpio.

Ella alargará su mano fina, 
cortar querrá un buen puñado,
formar con él un ramo 
para alegrar su hogar umbrío.

Pero luce tan hermoso aquél viejo camino
siempre gris, desfavorecido,
que no querrá estropearlo 
dejando en él huecos vacíos.

Y se conformará con caminar 
por entre el gozoso pasillo de flores vivas
los ojos brillantes, una sonrisa en los labios, 
dejando que la perezosa brisa meza sus delgados tallos lacios. 

Ana Sefern

sábado, 2 de marzo de 2019

Palabras Mudas


Palabras mudas que no son simples palabras, 
palabras con las que no se atrevería el viento 
ni el tiempo podría borrarlas. 
Pero estaban escondidas en el arcón de los silencios, 
atrapadas con la razón, la desgana
y mi fama de charlatana.
Hace tiempo que pasó su tiempo 
porque a nadie le interesó escucharlas,
se mudaron del arcón a una balsa de agua  
donde crecen el verdín y las algas.
Y ahí se quedarán, para siempre, estancadas.

Ana Sefern

viernes, 18 de enero de 2019

Asomada a la ventana


           
Asomada a la ventana, dejándose bañar por la luz de la luna, cerró los ojos. Sentía así que se integraba mejor con el entorno, notaba vibrar en su interior cada pequeño sonido del campo en esa insomne noche de verano. Los sentía muy adentro, los escuchaba y los respiraba.  
La brisa era una casi imperceptible caricia sobre su piel sudorosa y no lograba mitigar la desazón. La noche se conjuraba contra ella con todos sus elementos. La desvelaba, la acercaba a sus pensamientos más recónditos, le removía el espíritu sin compasión. Los sonidos del silencio eran gritos si les prestaba demasiada atención. Y ella lo hacía.
El delicado chasquido de una ramita al quebrarse, dos o tres grillos conversando a distancia, un breve trino adormecido, el clu-clú de algún renacuajo nadando en el sifón de riego, al otro lado del camino. Los árboles parecían quietos, sin embargo, susurraban como si velaran a un enfermo. Un gato deambulaba bajo ellos con su cauto paso almohadillado, pero en aquella quietud, no le pasó desapercibido.
El motor de la nevera, en la cocina, trabajaba a sus espaldas; el tic-tac del reloj de la mesilla marcaba los segundos infatigable. Un coche pasó raudo por la lejana carretera. Se preguntó inconscientemente a dónde iría, aún cuando ni esperaba ni deseaba respuesta. 
Su mente empezó a tejer un poema que no concluyó. Inició un segundo. En momentos así siempre le salían los más melancólicos, los que bebían directamente de su yo profundo aunque los rechazara sistemáticamente. Aunque, invariablemente, sucumbiera a su magnetismo.

No puedo olvidar aquellas notas encadenadas; 
siento, todavía, mis latidos de entonces. 
Rememoro tus gestos, tu mirada, mis temblores.
No puedo olvidar los olores, tan ricos y dispares.
Los temores.
Recuerdo las ausencias, 
los encuentros ya carentes de sentido.
El frío.
No puedo olvidar la herida, la sal vertida,
el nudo que estrangulaba las entrañas, 
subía y me ardía en la garganta.
Las lágrimas derramadas, las contenidas.
Me olvidaste,
te olvidé.
Y, a veces, todavía te olvido.

Ana Sefern

viernes, 30 de noviembre de 2018

Las Dos Mitades de su Alma

Image: Mystery of the soul

Una parte de su alma helada 
deambula sin cobijo. 
Anda perdida sin rumbo fijo,
sin hoguera ni castillo, 
sin tierra, sin destino.

La otra parte, erguida y expectante, 
aguarda sin desmayo 
a que llegue un mes de mayo
 que reverdezca el bosque albino.

Y se miran con recelo
al despertar lo que latía dormido.
Quiere una seguir perdida,
la otra, un estallido.

En medio del desconcierto 
intenta descifrar un interior 
donde ya no manda, 
donde, acaso, todo tiene sentido 
aunque no entienda nada.
Conciliar esas dos mitades 
tarea ardua es  
porque a él nada le conforma 
y a ellas nada les calma.
Ana Sefern

viernes, 9 de noviembre de 2018

Y Sentir

Art digital by Sandra Knego-Pause

Quiero volver a sentir
como se siente por vez primera,
que ya lejos queda la primavera
y se me está olvidando vivir.

Descubrir con sorpresa
el pellizco secreto de la ilusión nueva,
volver a soñar con las estrellas,
aceptar el reto de sentir el alma presa.

Quiero quedarme callada
mientras disfruto de una nueva madrugada,
contemplarla con ojos nuevos
sin nada que me distraiga.

Sentir y latir con fuerza,
pisar y caminar con ganas,
correr por falta de paciencia,
aunque con un muro me de en la cara.

Quiero volver a sentir
como se siente por vez primera.
Y sentir y sentir de verdad, aunque duela,
como le duele al invierno la primavera.
A. Sefern

jueves, 18 de octubre de 2018

El Otoño a sus Pies

Atumn in me - artprint

El otoño se detuvo a sus pies un instante, ella inhaló profundamente, tanto que atrapó su primer aliento, todavía tibio, su primer suspiro aún con ecos de estío, su primer aroma entre las hojas caídas, el de la tierra húmeda tras la breve llovizna. 
Recogió una hoja del suelo, la estrujó, la volvió a dejar caer por entre los dedos. Se lamió los labios resecos saboreándolos y tragó saliva con ligero regusto metálico. Captó las primeras imágenes, un poco veladas por el agua que también enturbiaba su mirada; notó cómo se evaporaban de sus huesos las cenizas del verano, como éstos languidecían, cómo languidecía su espíritu mientras la serenidad de la tarde se le colaba bajo la piel, el aire fresco le arañaba las mejillas y pausados sonidos, como en sordina, se aproximaban a hurtadillas, trepaban hasta sus oídos y se instalaban en su cerebro sin molestar. 
La cautivó ese momento que, adormeciendo la tristeza, la hizo sentir renovada. 
Y se fundió con él, se elevó con él. 
Y juntos, siguieron su camino.
A. Sefern

domingo, 20 de mayo de 2018

Sutil

Art by Paul Kauzmann

Déjame una flor en la ventana 
escondida tras el visillo blanco.
Que tan solo la intuya, con eso basta. 
Acaríciame los sueños, 
susurra una melodía en voz baja.
Abre despacio la puerta de la esperanza 
a esta historia anciana que aún respira lenta, 
aguardando tu llamada.
Bésame con la mirada, rózame el alma. 
O déjame una flor en la ventana que,
con solo eso, a mi ya me basta.
Ana Sefern