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domingo, 30 de noviembre de 2014

Quien a hierro mata a hierro muere (III)

Imagen extraída de la red, fotomontaje de Nena Kosta.

QUIEN A HIERRO MATA A HIERRO MUERE (III)
(Un cuento de Halloween)

Puedes leer la segunda parte pinchando AQUI

No tuvo valor. Quizá, si al dar la vuelta todo hubiera continuado igual que cuando huyó, las cosas se habrían desarrollado de manera diferente, tal vez habría encontrado las agallas que necesitaba, por muy escondidas que las tuviera. Pero el segundo "incidente" le golpeó en la cara con un directo que le dejó KO, que cegó su entendimiento descubriendo la parte más mísera de su carácter. 
Cuando el desconocido, buen samaritano, dio a entender que el muchacho había atropellado al ciclista y se había estrellado contra el árbol, Alberto Arenas supo que permitiría que el asunto quedara así. Total, la cosa ya no tenía remedio, las evidencias eran claras, el muchacho estaba muerto y el ciclista también. Semejante decisión no le resultó gratuita. 
Los siguientes días se sucedieron entre mentiras. Pequeñas (grandes) mentiras. Mentiras en casa, mentiras en el taller adonde llevó el BMW para reparar los estragos del accidente, mentiras en el trabajo por causa de su más que taciturno, y en ocasiones irascible, estado de ánimo... 
Imágenes... demasiadas, todas se sucedían nítidamente noche tras noche. Sus sueños eran monotemáticos e invariablemente terminaban despertándole de modo abrupto, con el corazón saltando encabritado dentro del pecho y el cuerpo brillante de sudor. El accidente no existió, él nunca buscó aquél cigarrillo, nunca apartó la mirada del frente. Entonces sentía una inmensa euforia envuelta en alivio. La escena se repetía y volvía a repetirse, hasta que la realidad le atrapaba. Siempre lo hacía.   Sin embargo, lo que más le mortificaba era el sentimiento de descubrirse a sí mismo como un cobarde, como un miserable incapaz de asumir responsabilidades con tal de no alterar su vida cómoda. Vida de la que había renegado y que ya no le parecía tan mediocre. 
No, él no era esa clase de hombre, esa rata, ese reptil sibilino. No podía admitirlo porque, si lo hacía, se despreciaría, y es posible vivir con el desprecio de los demás, pero no con el desprecio a uno mismo. Ansiaba volver al pasado y rectificar, pero sabía que sólo cabía seguir adelante, salir de aquella farsa ateniéndose a las consecuencias, o apechugar con la decisión que tomó y vivir con ello. Ambas soluciones se le antojaban más amargas que un trago de bilis. 
     Habían pasado cinco días, y ni en un solo minuto de aquellas 120 horas pudo encontrar un segundo de sosiego. Dos personas estaban muertas por su culpa, el fatal hecho era inalterable. 
Las imágenes del ciclista tirado en la carretera y la rueda de la maltrecha bicicleta dando sus últimas vueltas eran fotografías que se habían instalado en su mente y se le mostraban como en un bucle, machacón y enloquecedor. Empezó a temer los flashes que le llegaban del muchacho, ensartado en la rama del árbol como una gran brocheta... ¡Dios, era casi un crío! Y aquella canción sonando inmutable, le martilleaba en cada curva del cerebro. La cabeza le dolía todos los días por más pastillas que tragara.      
    "Pobre infeliz, pobre chico, seguro que trató de esquivar al ciclista y le patinó el coche, no era una buena noche para conducir". 
No fue una buena noche para nadie. Las circunstancias y el destino se habían confabulado en su contra, estaba claro, y ahora le observaban sonriendo cínicamente. Y esperaban.
Continuará...
QUIEN A HIERRO MATA A HIERRO MUERE (tercera parte)
Para leer la cuarta y última entrega pincha AQUÍ
Ana Sefern