Image by Susan McKivergan
Una noche de luna llena paseando mi mísera tristeza por los acantilados, descubrí una sirena sobre la roca, reposando.
Me quedé varado, en el acto hechizado, aunque mi cabeza me advertía que no es de recibo una mujer pescado.
Pequeñas olas chocaban contra la roca salpicando gotitas de espuma blanca y reflejos plateados. La brisa, húmeda y salada, traía consigo murmullos de un dulce canto.
La sirena estaba inmóvil, frente a sí observando; espié intrigado el horizonte y en la lontananza divisé un pequeño velero navegando.
Arrobado quedé entonces por tan bella estampa, la de la hermosa mujer pez que a su amado aguardaba. Unos repentinos celos se adueñaron de mi alma y robar quise la suya, tan sólo para mi. Con la hipnótica melodía encandilando mis sentidos salté sobre las rocas cual papanatas enamorado y, llegando hasta su lado, los brazos extendí.
Mi sirena volvió la cara, sonrisa más exquisita yo nunca la vi. Respondió a mi abrazo y, de un plumazo, cabriolando entre las olas, me sentí el hombre más feliz.
En mis oídos rugió el mar, mis pulmones de agua hinchió pero, sobre esa pequeña tormenta, cantaba mi bella morena su delicioso canto de sirena, mientras el velero se alejaba de allí.






