Cuando todavía era capaz de soñar, capaz de crear, tuvo que matar al colibrí que cantaba en su cabeza. Le mató para liberarlo de una condena que había durado demasiado, consciente de su canto poco armonioso, cada vez más lejano, y de su antiguo vigoroso aleteo, ralentizado.
Ahora le echa en falta porque tanto silencio le abruma, porque el soplo de aire fresco de su aleteo ya no trasnocha más en su cabeza alejando las sombrías nubes de tormenta; porque fue inmoderado el tiempo que le sirvió de alivio. Ahora no sabe cómo hacer, cómo barrer hacia afuera cuando el sueño no llega, cuando se vuelve oscuro y el canto no lo aleja.
Sin embargo, aunque se siente huérfano, aunque ya no sueña y ya no crea, no se arrepiente de haberle matado. Lo que por imposición se mantiene no es más que un burdo engaño. Hora es de continuar sin muletas, sin inocentes mentiras que ya caducaron.
A. Sefern





