2ª Parte
Proseguí con el paseo deteniéndome en una propiedad vacía, dueña de una enorme higuera flanqueando un lado de la verja. No me gustan las higueras ni sus frutos abombados. Reconozco que son majestuosas y dan buena sombra, pero huelen mal y yo soy muy mía en cuestión de olores. El tema es que en aquella casa no debían notarlo o, quizá, no eran tan tiquismiquis como una servidora.
“Puede que les huela a Chanel nº 5, jijiji”, sugirió ese cerebrito con incontinencia verbal. Le ignoré y seguí adelante.
Apenas había tráfico, otra notable diferencia entre una y otra zona. La fábrica provocaba eso: camiones pasando a cargar o descargar, los coches de los empleados entrando al principio de la jornada y saliendo a su fin, además de los tarados que confundían la carretera con un circuito de fórmula uno, obviando las señales de límite de velocidad. Sólo los sábados y los domingos se relajaba la actividad.
En mi calle tampoco había aceras, la calzada era dueña y señora y los coches creían, con razón, que todo el monte es orégano. Ignoraban sin reparo las pocas señales que advertían del cercano colegio, apostado justo detrás de mi parcela, y algunos volaban literalmente saltando los baches. Natural, iban tan rápidos que no les daba tiempo a asimilarlas.
Sin embargo, mi recién descubierta urbanización rural, estaba pavimentada en su lado izquierdo, según salías del senderillo, por pequeñas losetas gris vulgar sobre las que yo pisé casi con deleite. No era una acera ancha, cierto, pero me hizo pensar que, al menos allí, se tenía en consideración al vecindario.
“Aunque el ayuntamiento margine a los gordos, que habrán de caminar casi de medio lado, pensé haciendo un mohín.
Al punto tuve réplica.
“Escucha, tontita: puede que sea una indirecta, que lo único que intenten sea fomentar la tan cacareada dieta mediterránea. ¡SEÑORAS Y SEÑORES SOBRADOS DE KILOS, adelgacen ustedes para poder dispensar un uso satisfactorio a esta fabulosa micro acera! ¡Denle fuerte a la fruta, a las verduras, al aceite de oliva y a las maravillosas carnes y pescados del país asaditos al punto! ¡Huyan como caballos desbocados de las frituras, de las salsas que, no se engañen, no son la “salsa de la vida”. Escapen derrapando de los dulces industriales, de la pasta a la italiana y métanse entre pecho y espalda un buen bocata de jamón ibérico!”, voceó el lado alborotador de mi mente por enésima vez.
―La dieta mediterránea no está tan mal ―murmuré con una sonrisa.
“Ya, bueno, es que no me has entendido, sólo pretendía hacer una crítica a las aceras estrechas”.
“¡Uf! Divagas, te enredas, te enzarzas en mítines idiotas... ¡Di lo que tengas que decir de forma directa y concisa! O mejor no digas nada, estoy cansada de oírte.”
“Pues te jorobas y bailas, es lo que hay, no puedes escapar de mí”.
“Cuando quiera y como quiera. ¡Habla, no pienso responderte, estoy dando un paseo tranquilo y no consentiré que me lo fastidies con tu cháchara malintencionada!”
“No es cháchara malintencionada y lo sabes, sólo digo la verdad, no suavizo las cosas, no barnizo la silla cuando la madera ya está podrida”.
“No, tú únicamente me cabreas, me pones de mala leche, me haces renegar del mundo”.
“Hija mía, lo sabes de sobra, nacemos lechones y morimos marranos, la inocencia se pierde con los años, no es culpa mía”.
Inspiré hondo, estaba empezando a agotarme. Ganas me daban de dar media vuelta y regresar a casa. Podía trabajar un poco antes de cenar, todavía quedaban dos puertas por lijar y barnizar. No debía retrasarlo más, septiembre se echaba encima y quería dejar aquello terminado.
Entonces la vi.
El muro de piedra con la verja de hierro a media altura, la torre asomando y haciéndose más grande a medida que me acercaba… Me detuve frente a la verja principal con la boca abierta, como si fuera aquella la primera vez en mi vida que veía una casa. Pero es que era mi casa, la casa que alguna vez había soñado tener; la casa de mis sueños se había materializado de pronto, sin esperarlo, sin buscarla.
LAS BUGANVILLAS.
“Ahí pondrías tu estudio, ¿eh, bruja? Para escribir esas chorraditas que nadie leerá nunca”.
Le hacía falta una buena mano de pintura. Imaginé un pastoso color mostaza con las molduras en crema; las persianas de madera y las rejas, ahora gris polvoriento, de un blanco puro y luminoso. Y convendría podar los árboles, sanear aquellas dos palmeras, pintar también el muro… ¿Qué es eso? ¿Un garaje? Bueno, no es grande, pero tampoco lo es mi coche…
Hasta el nombre era perfecto. Y tenía su por qué. El tramo embaldosado que partía tras la verja y conducía a la casa era una explosión desordenada de florecillas fucsia trepando por una pérgola de hierro que hacía arcada. Un sombreado pasaje celestial que arropaba amorosamente a todo aquél que tuviera la suerte de acceder a la vivienda, tamizando los feroces rayos del veraniego sol levantino y evitando que cayeran a plomo sobre ellos.
A mano derecha un trocito de terreno salpicado de naranjos y limoneros, a la izquierda una piscina de considerables dimensiones, vacía y algo decrépita.
La arquitectura de la casa no era moderna, eso fue lo que me encandiló. Al término de la floreada pérgola había un porche simétricamente custodiado por un tramo de escaleras que convergían en la puerta principal, por encima del porche; amplias ventanas enrejadas, con las persianas bajas, rodeaban la fachada a varias alturas advirtiendo, junto con el desaliñado entorno, del abandono del lugar.
Y la torre. Pequeña, cuadrada, con su cubierta puntiaguda forrada de tejas marrones, cuyas ventanitas, una por cada cara, remataban en un arco de medio punto.
“Ahí pondrías tu estudio, ¿eh, bruja? Para escribir esas chorraditas que nadie leerá nunca”.
“Te ruego que no me estropees este momento”.
“Nunca tendrás una casa así, ¿para qué soñar y planear?”.
“La vida está hecha de sueños, son nuestro motor; y no cuestan nada”.
“Pero esta casa, por abandonada que parezca, sí. Déjate de pamplinas y ve a hacer la cena, soñando no te alimentarás”.
“¡Déjame en paz! ¿Por qué te empeñas en mortificarme? ¿Qué te he hecho yo?
“Hablas como una chiflada, tú eres yo, ¿se te va la olla, o qué?
“Yo no soy una amargada, no dejaré que me conviertas en eso”.
“¡A hacer la cena!
“¡Al infierno contigo!”
“Está oscureciendo, idiota, y esto no es la Calle Mayor, ¿andas buscando que te violen? Vuelve a tu casa, a la casa que sí es tuya, y atibórrate a comida. Hay quien come para suplir sus carencias emocionales y quien bebe para olvidar sus miserias”.
“¿Y pretendes que yo haga eso? ¡Gilipollas!
“¡Jajajajaja!”
Le hacía falta una buena mano de pintura. Imaginé un pastoso color mostaza con las molduras en crema; las persianas de madera y las rejas, ahora gris polvoriento, de un blanco puro y luminoso. Y convendría podar los árboles, sanear aquellas dos palmeras, pintar también el muro… ¿Qué es eso? ¿Un garaje? Bueno, no es grande, pero tampoco lo es mi coche…
“Por el amor de Dios, deja de babear, ridícula, ¡me pones enferma!”
“¿No será al contrario?”
“Vale, lo que tú digas, tengamos la fiesta en paz. Vete a casa, se está haciendo tarde, hablo en serio”.
“Siempre lo haces, ¿no?”
“Tú sabrás”.
“Por supuesto que lo sé”.
“¡ENTONCES NO ME TOQUES MÁS LAS NARICES! ¡SUEÑA CON LA PUTA CASA TODA LA NOCHE SI ES TU GUSTO, PERO HAZLO EN TU CAMA, NO AQUÍ, DE PIE, COMO SI FUERAS RETRASADA!”
(Continuará...)





