ECOS DEL PASADO en un relato que consta de dos partes. La primera se titula "BREVES ANOTACIONES DE MAGDALENA YÉLAMOS" y la segunda "LA CAZA".
Esta es la cuarta entrega de la parte primera.
Cada parte está dividida, a su vez, en varias entregas (1) (2) (3)...
Esta es la cuarta entrega de la parte primera.
(4)
BREVES ANOTACIONES
BREVES ANOTACIONES
DE MAGDALENA YÉLAMOS
EL ODIO DE UNA HIJA
La Casa Yélamos era una extraña mole de piedra, un híbrido, mitad mansión, mitad castillo. Tenía cierto aire gótico, un gótico muy sui géneris en realidad, representado en las vidrieras de alguna de las ventanas terminadas en arcos de ángulo curvo y el rosetón sobre la maciza puerta principal. Tres filas de ventanas y cuatro torres tubulares conformaban, a grandes rasgos, la fatua edificación, donde las plantas trepadoras reptaban por la pared cubriéndola casi al completo.
Se accedía al portón principal cruzando un pasillo corto con columnas a ambos lados, Frente a ellas había sendas estatuas de enormes alas replegadas sobre un cuerpo de animal indefinido. Ambas estaban sentadas en actitud de celosa guardia y custodia. Eran idénticas. Robustas patas terminadas en enormes garras, fuertes picos entreabiertos ubicados en parejas cabezas de pájaro de la época de los dinosaurios, y miradas feroces.
Y no eran las únicas. El gusto de Yélamos por las estatuas monstruosas se ponía de manifiesto, tanto dentro como fuera de la casa; por esta razón, el enorme e intrincado jardín que ornamentaba la propiedad era conocido en el pueblo por los nombres de "El jardín de las estatuas" -en el caso más benevolente-, "El jardín de los Horrores" o "Jardín del Infierno", y a la Casa Yélamos se la denominaba a hurtadillas "La Casa del Diablo".
Magdalena no conseguía acostumbrarse. Aborrecía su lúgubre hogar, no le gustaba permanecer en la casa. Era el jardín con sus estrechos senderillos, sus árboles de ramas colgantes, sus arbustos, sus parterres floridos quien ponía la nota de color a su vida gris. Sin embargo, si quería disfrutar de su esplendor debía compartirlo con aquellos engendros abominables que su padre, en un alarde magistral de mal gusto, había ido diseminando aquí y allá. De niña la aterrorizaban, la hacían tener pesadillas. Siempre tuvo la sensación de que aquellos ojos vacíos la vigilaban y que sus bocas deformes sonreían malévolamente, porque conocían sus más íntimos secretos.
¿Por qué lo hacía? ¿Por qué su padre se rodeaba y les rodeaba a todos de tanta fealdad, de tanta monstruosidad? ¿Odiaba la belleza? ¿Por qué? ¿Porque su propio aspecto era más parecido al de aquellas diabólicas estatuas que al de una persona?
¿Por qué lo hacía? ¿Por qué su padre se rodeaba y les rodeaba a todos de tanta fealdad, de tanta monstruosidad? ¿Odiaba la belleza? ¿Por qué? ¿Porque su propio aspecto era más parecido al de aquellas diabólicas estatuas que al de una persona?
Había muchas cosas que Magdalena no comprendía. Y cada cosa que descubría, le creaba más dudas. Pero no tenía a quién preguntar. No podía hablar con los criados, no podía hablar con su madre y se notaba que María no estaba por la labor tampoco; ella siempre cambiaba de tema, siempre intentaba distraerla y Magdalena no quería contrariarla.
Su padre se había ausentado durante tres días. No era habitual, no acostumbraba a dejar "sola" su propiedad, algo importante debía haberle surgido por tanto. El ambiente en la casa era muy distinto cuando él no estaba: se escuchaba alguna risa, las conversaciones tenían un tono distendido y todo el mundo parecía caminar, en lugar de ir arrastrando los pies. Era como si la sola presencia de Yélamos les pesara como una losa sobre los hombros y su ausencia les liberara de tan horrible peso.
El despacho de su padre estaba cerrado con llave. Se podían contar con los dedos de una mano las veces que Magdalena había entrado allí y en todas ellas, había sido incapaz de levantar la mirada del suelo o del rostro del hombre que la había requerido a su presencia. No sabía por qué estaba frente a la puerta del santuario del Diablo... ¿Curiosidad? Miró la cerradura mordiéndose los labios, oteó el pasillo a diestra y siniestra y extrajo un abrecartas del bolsillo de su mandil. Lo introdujo en la cerradura con cuidado, hurgó en ella de todas las maneras posibles sin conseguir nada, pateó el suelo con impaciencia, respiró hondo y volvió a intentarlo. Sonó un chasquido, la jovencita bajó la manilla y empujó la puerta.
Estaba oscuro adentro. Despacio, a tientas, buscó la ventana, la encontró y permitió que la brillante luz de agosto entrara en la recargada estancia. Se volvió despacio. Su mirada fue a chocar directamente contra la pared que había tras el macizo escritorio de su padre. Casi se le detiene el corazón al verle allí mismo, "suspendido" a varios metros del suelo, mirándola fijamente con sus horribles ojillos alargados. Magdalena no pudo evitar que se le escapase un grito, se llevó la mano al pecho intentando detener el galopar furioso que había comenzado en su interior después del impacto inicial. Respiró agitadamente hasta que su cerebro empezó a asimilar que su padre todavía no era capaz de flotar, por mucho que le hubiera vendido su alma a Lucifer... o se creyera el mismo Lucifer. Sólo estaba mirando su retrato, un imponente retrato de cuerpo entero.
Continuará...
El despacho de su padre estaba cerrado con llave. Se podían contar con los dedos de una mano las veces que Magdalena había entrado allí y en todas ellas, había sido incapaz de levantar la mirada del suelo o del rostro del hombre que la había requerido a su presencia. No sabía por qué estaba frente a la puerta del santuario del Diablo... ¿Curiosidad? Miró la cerradura mordiéndose los labios, oteó el pasillo a diestra y siniestra y extrajo un abrecartas del bolsillo de su mandil. Lo introdujo en la cerradura con cuidado, hurgó en ella de todas las maneras posibles sin conseguir nada, pateó el suelo con impaciencia, respiró hondo y volvió a intentarlo. Sonó un chasquido, la jovencita bajó la manilla y empujó la puerta.
Estaba oscuro adentro. Despacio, a tientas, buscó la ventana, la encontró y permitió que la brillante luz de agosto entrara en la recargada estancia. Se volvió despacio. Su mirada fue a chocar directamente contra la pared que había tras el macizo escritorio de su padre. Casi se le detiene el corazón al verle allí mismo, "suspendido" a varios metros del suelo, mirándola fijamente con sus horribles ojillos alargados. Magdalena no pudo evitar que se le escapase un grito, se llevó la mano al pecho intentando detener el galopar furioso que había comenzado en su interior después del impacto inicial. Respiró agitadamente hasta que su cerebro empezó a asimilar que su padre todavía no era capaz de flotar, por mucho que le hubiera vendido su alma a Lucifer... o se creyera el mismo Lucifer. Sólo estaba mirando su retrato, un imponente retrato de cuerpo entero.
Ramo Yélamos era un hombre
contrahecho. Su cabeza tenía una forma extraña y el rostro estaba deformado por
unas protuberancias que daban la sensación de ser granos gigantescos. Su
expresión era solemne, pero la deformidad de su boca la tornaba cruel. Su cuerpo era pequeño, rechoncho, con ambas piernas, cortas, combadas hacia fuera. Una mano descansaba sobre el pecho abultado,
rozando la cadena de un reloj de bolsillo. Los dedos de aquella mano eran demasiado
largos y estaban tan retorcidos como las ramas de un árbol reseco. La otra, por
fortuna o por piedad, permanecía oculta en uno de los bolsillos de su pantalón de buen corte
y, supuestamente de excelente calidad, al que la “percha” no hacía justicia. Magdalena no pudo seguir mirándole; sus ojos oscuros, casi tan estrechos como una ranura, la observaban fijamente con tanta maldad como solían hacerlo al natural. Se arrepintió de haber entrado en el despacho, ¿qué esperaba encontrar? ¡Era tan estúpida! Apresuradamente volvió a cerrar las contraventanas, corrió los espesos cortinones y cruzó a oscuras el espacio hasta la puerta, temiendo sinceramente que su padre pudiera saltar del cuadro y aferrarla por un brazo enredándole sus dedos retorcidos hasta quebrárselo.
Continuará...





