CONTENIDOS

Translate

EnglishFrench German Spain Italian DutchRussian Portuguese Japanese Korean Arabic Chinese Simplified mesajes de amor y amistadtraductor banderas blogdocumentalesxo descargar un link
Mostrando entradas con la etiqueta 06 - ECOS DEL PASADO (Parte segunda) (1). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 06 - ECOS DEL PASADO (Parte segunda) (1). Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de febrero de 2013

ECOS DE PASADO (segunda parte) (1)

                                             2ª PARTE
ECOS DEL PASADO en un relato que consta de dos partes. La primera se titula "BREVES ANOTACIONES DE MAGDALENA YÉLAMOS" y la segunda "LA CAZA". 
Cada parte está dividida, a su vez, en varias entregas (1) (2) (3)...

Esta es la primera entrega de la parte segunda.

                                          (1)




LA CAZA
OCTUBRE, 16 DE 1.873


Para Ramo Yélamos, “señor de la casa grande”, la temporada de caza nunca se había cerrado. No era hombre de leyes o reglas, a menos que estas fueran impuestas por él mismo.
En cambio, la gente de la zona solía respetar las épocas vedadas y esperaban, expectantes, aquellas fechas. Ya un mes antes, los varones se ocupaban con escrupulosidad de poner a punto sus armas. Las mujeres intercambiaban recetas y discutían cuál era la mejor manera de conservar la caza para que les durara más tiempo. En la taberna no existía otro tema de conversación que no tuviera que ver con escopetas, perros y presas.
A los jóvenes les gustaba alardear entre ellos y presumir frente a las mozas. Desde niños aguardaban con impaciencia el momento en que sus progenitores les reclamarían en una partida. Al principio tan solo iban como aprendices atentos y aplicados; era el primer paso, no obstante, todos ansiaban que llegara la hora en que les permitieran disparar un arma.
Yélamos estiró levemente una de las comisuras de sus labios en lo que, en un rostro común, cualquiera detectaría como sonrisa de desprecio, pero que en su cara de facciones anormales parecía una mueca infame. Calculó que tanto ímpetu juvenil podía ser el mejor de los aliados para sus propios fines.
Porque aquél chico, Elías, el hijo de uno de esos pueblerinos analfabetos que andaba persiguiendo a Magdalena como un perro en celo, debía rondar los diecisiete o dieciocho años y, a buen seguro, acompañaba a su padre en las cacerías.
Le tenía atravesado entre ceja y ceja. ¡Nadie burlaba a Ramo Yélamos, nadie discutía sus órdenes! Menos todavía osaba desobedecerlas. Y sobre todo, nadie, ¡nadie! ponía las manos sobre sus posesiones. Magdalena era SU hija y sólo a él le correspondía decidir qué le convenía y qué no le convenía. No iba a tolerar que un destripaterrones cualquiera le llenara la cabeza con romanticismos baratos, mucho menos que le pusiera un dedo encima a esa ramerilla.
Yélamos esbozó una nueva mueca, los ojos de lagarto brillaron de resentimiento al pensar en su díscola hija. Gruñó un insulto entre dientes dedicado a ella. ¡Camino iba de convertirse en una auténtica mujerzuela! Le contrariaba, le desafiaba descaradamente viéndose a escondidas con aquél palurdo para revolcarse con él, ¡la muy puta!  No continuaría pasándolo por alto. Ya no. Tal vez le costara un poco más de tiempo que con la madre, pero lograría que aquella zorra desvergonzada se volviera tan complaciente como ella.
Para empezar, zanjaría esa ridícula historia juvenil que había durado más de la cuenta. Con un poco de fortuna el asunto quedaría solucionado el primer día de batida. Los accidentes de caza no tenían nada de extraño. Contaba con aliados tan notables como el afán inexperto de cobrar la primera pieza, una zona de maniobra  que él conocía como la palma de su mano, mucha gente con escopetas agazapada entre el follaje… Todo estaba a su favor.
Al alba abandonó furtivamente la casa pertrechado para su particular cacería, aún ni los criados habían iniciado sus tareas rutinarias.
El día era oscuro y frío, solía serlo siempre en esa época. Observó el cielo ceniciento y lo maldijo masticando las palabras. Por su aspecto poco luminoso y los jirones de nubes moviéndose rápido a impulsos de un airecillo afilado, se diría que no iba a brillar el sol. Le desagradaba profundamente aquél tiempo crudo, tanto, que evitaba en la medida de lo posible salir de casa. Recordaba sus años de viajes a lugares exóticos, más cálidos, con verdadera nostalgia. Su actual estado de salud y deterioro físico los habían relegado a un pretérito remoto y añadido a su carácter maquiavélico una nota más de resentimiento.
Con todo, no pensaba posponer sus planes. A veces había que sacrificar las pequeñas comodidades de la vida en favor de un beneficio más provechoso. El hijo del pueblerino podía ser joven, agraciado, insultantemente sano y fuerte, aún así, no viviría lo suficiente para robarle a su hija.
Escogió senderos estrechos poco frecuentados, tenía intención de pasar desapercibido; no debía saberse que había salido de la casa aquella mañana. No confiaba en nadie más que en sí mismo, así era como le había ido bien en la vida. En el presente podía fallarle el cuerpo, pero su cerebro continuaba tan lúcido como de costumbre.
Escuchó voces a su derecha. Se detuvo atento, aunque no movió la cabeza, tan solo los negros iris de sus ojos se deslizaron sibilinamente en dirección al sonido, casi ocultos por los párpados. Con su estampa rechoncha y ladeada, entre árboles y maleza, tenía todo el aspecto de un chimpancé vestido de forma grotesca, aún siendo sus perversas intenciones y su sangre fría las propias de un Lucifer gallardo y soberbio.
Las voces sonaban lejanas, quizá debiera aproximarse a ellas con cautela, camuflarse entre la vegetación, confiar en que la suerte le traería la presa que andaba buscando. Si se movía de un lado a otro, alguno de los lugareños podía toparse con él. Maldijo una vez más sus impedimentos físicos. En plenas facultades hubiera trepado a un árbol sin pensarlo; en la actualidad, esa era una opción que no cabía contemplar.
Así pues, se ocultó tras el tronco grueso de un viejo castaño en una zona en que los árboles estaban muy juntos y abundaban los arbustos.
Los ladridos de los perros fueron haciéndose más sonoros. Si le olieron lo pasaron por alto, atentos a las órdenes que recibían de sus amos y a las presas que debían cobrarse de entre la espesura. A Yélamos no le gustaban los perros, no quería perros, no necesitaba perros, le bastaba y sobraba con su propio olfato.
Yélamos reconoció a dos o tres cazadores. Aunque no se relacionaba con la gente del pueblo, les había visto por la taberna en alguna de las contadas ocasiones que había cruzado su puerta, para reponer fuerzas después de un viaje a caballo.
Al detectar a Asunción, padre de Elías, su corazón se aceleró sutilmente. Era un hombre alto y enjuto a quien el joven Elías se parecía, salvando la diferencia de treinta años que existía entre ambos. Asunción se movía despacio seguido de su perro, un mestizo de pelaje castaño. Yélamos les vigiló atentamente hasta convencerse de que el hijo no andaba cerca. Quizá había salido solo, acaso con alguno de sus amigos de parranda.
                                                     Continuará...