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domingo, 17 de febrero de 2013

ECOS DEL PASADO (segunda parte) (2)

2ª PARTE
ECOS DEL PASADO en un relato que consta de dos partes. La primera se titula "BREVES ANOTACIONES DE MAGDALENA YÉLAMOS" y la segunda "LA CAZA". 
Cada parte está dividida, a su vez, en varias entregas (1) (2) (3)...

Esta es la segunda entrega de la parte segunda.

                                        (2)


LA CAZA
OCTUBRE 17, DE 1.873

Eso esperaba, francamente. Ignoraba por completo las aficiones del joven; sería una contrariedad importante descubrir, en ese preciso momento, que el chaval era un amante de los animales y gritaba como una mujer ante el sonido de un disparo.
No quedaba otro remedio que esperar, aunque aquél frío le estaba dejando rígido como un carámbano y podía costarle un fuerte trancazo. A regañadientes determinó que seguiría en su puesto, sólo, durante una hora más, no debía dejarse llevar por la ansiedad. Ahora imperaba conservar su archifamosa frialdad. Broma macabra sería enfermar gravemente, justo cuando se disponía a deshacerse de un molesto, pero simple incordio.
        Aquella primera mañana regresó a la mansión de un humor endiablado. Entró en la cocina para ordenar, abruptamente, que le prepararan una tisana y se la llevaran de inmediato a su despacho. Examinó las ollas con la comida del día, predispuesto a la crítica más salvaje. Las sirvientas, temblorosas, se retiraron a un rincón de la estancia. No obstante, las cosas en la casa se hacían, de forma habitual, exactamente como el señor mandaba (por la cuenta que les traía) y ese día no era diferente. Yélamos abandonó las dependencias en dirección a su despacho sin hallar motivo de desahogo. Una vez allí tomó el atizador, echó un tronco a la chimenea y se dedicó a avivar el fuego tal que si estuviese fustigando a su caballo. Chispas rojizas danzaron en el aire, algún ascua saltó al suelo cerca de sus botas. Fuera de sí, pisoteó unas y apartó de un puntapié otras.
Ni siquiera oyó los golpecitos en la puerta. Era Saladina, la cocinera. La pobre mujer habría preferido hallarse en las profundidades del océano, en lugar de llamando a la puerta de su señor. Sobre la bandeja de loza decorada tintineaban la taza, el platillo, la tetera con la humeante tisana y el azucarero.
Saladina volvió a golpear la puerta discretamente.
         —¿Qué quiere?
         —Su…su tisana, señor.
         —¡Entre!
La visión del señor, atizador en mano, a punto estuvo de provocarle un desmayo a la buena mujer.
—¡Déjela en la mesa y desaparezca!
        —Sí, señor, en seguida.
El resto del día lo pasó encerrado en el despacho como una comadreja en su madriguera. Cuando, más tarde, Saladina le llevó la comida le encontró de pie mirando por la ventana, encorvado sobre su bastón. No había respondido a los golpecitos en la puerta, tampoco la invitó a pasar cuando asomó la cabeza con cautela. No se volvió. En realidad no fue consciente de que había entrado. La mujer dejó la nueva bandeja sobre la mesa y retiró la antigua con cuidado, evitando hacerse notar. El señor estaba raro, demasiado callado, ausente, diría ella. Percibió tensión flotando en el ambiente del templado despacho. El sobresaliente silencio resonó en sus oídos como un molesto zumbido metálico. Sacudió la cabeza y salió de la estancia, presa de un mal presentimiento.
El alba del día siguiente se presentó lluvioso. No era una lluvia fuerte, sólo un sirimiri gélido e impertinente. Repitiendo los pasos del día anterior, Yélamos salió temprano, antes que nadie en la casa se hubiera levantado. Al pasar junto a la caseta del guarda decidió entrar para hacerse con un rudimentario chubasquero que había pertenecido a Ezequiel, el último ocupante del pequeño chamizo. La cabaña estaba fría y olía penetrantemente a humedad.
Ezequiel había sido un pobre diablo sin familia a quien Yélamos cedió la caseta, más dos comidas diarias, a cambio de sus servicios. La caseta era inadecuada como vivienda y las comidas más bien escasas, pero Ezequiel no tenía otro lugar a donde ir y agradeció el ofrecimiento. Una neumonía desatendida se lo había llevado al otro barrio dos semanas atrás y, desde entonces, la finca carecía de guarda.
Yélamos encendió un puro, lo apretó entre los dientes y salió al camino cavilando qué ruta debía tomar ese día. Ni en sus pensamientos más optimistas pudo imaginar que la suerte iba a convertirse en aliado fiel de sus planes sombríos.
La llovizna cesó dando paso a una delicada neblina que, al principio, creyó que iría a más y le obligaría a regresar a la casa. Nadie saldría a cazar con niebla. Pero después de media hora de rondar los caminos estrechos, la situación no había variado. De hecho, en ese corto espacio de tiempo, oyó ladrar a los perros y escuchó más de un disparo. Lanzó al aire una bocanada de humo del puro a medio consumir y se detuvo. Había oído pasos cerca, detrás mismo de él.
    —¡Hola, buen día! ¿Qué tal se presenta la mañana? —habló alguien a sus espaldas.
Yélamos apretó las mandíbulas con rabia.  Se volvió lentamente, resignado a “perder” otro día y, por consiguiente, nada predispuesto a conversar.
     —¡Ho-hola, señor Yélamos, no le había reconocido! Usted ta-también ha salido a cazar…
Yélamos no respondió, se limitó a contemplar a su interlocutor fijamente, tras el primer instante de sorpresa. En el rostro del joven que tenía frente a él se reflejó cierto desconcierto.
     —Soy Elías, el hijo de Asunción, no… no sé si se acuerda de mí —se presentó.
Yélamos se aclaró la garganta y arrojó el puro a un lado del camino. Con la otra mano acarició la culata de la escopeta que llevaba colgada al hombro.
     —Perfectamente. Nunca nos han presentado, pero sí he oído hablar de ti. Créeme cuando te digo que me satisface enormemente este momento de reconocimiento mutuo.
                                                            Continuará...

9 comentarios:

  1. Mira Nena, ya me has puesto nerviosa.
    No me ha gustado nada dónde has cortado el capítulo porque se nota demasiado que has querido fastidiar al lector.
    Solo espero que soluciones lo que tengas que solucionar(me da igual)y que Yélamos no mate a Elías.
    Si Yélamos llegase a matar a Elías, no te puedes imaginar cuál será mi comentario. De Camila Josefa para arriba.
    Y ponte como quieras, este es mi comentario.
    Y si no tienes muy buen domingo, yo tampoco lo tengo muy bueno. Y me ha faltado tu capítulito...

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    1. No Mela, podría haber sido maldad por mi parte, pero "esta vez" no es el caso. El relato se hizo para ser leído del tirón, aunque aquí lo esté dividiendo y, justo en este punto, hay un parón, así que aquí corto. Si Yélamos va a matar a Elías o no ya no tiene solución. Para bien o mal, eso se verá, guste o no guste y ni millones de Camilas Josefas con comentarios furibundos podrán cambiarlo, porque para eso esta aquí la Paka Umbrala.
      Ahora te llamo para saber qué le pasa a tu domingo cruel, ¿qué ha sido? ¿Se te ha roto una uña al teclear con mala sombra?
      Siento mucho que la entrega de hoy te haya solivientado.
      ¡Jajajajajajajajajajajaajajajajajajaajaj!
      Besitos

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    2. Quise decir soliviantado, no "solivientado".

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  2. Pero bueno!! Tú estás dispuesta a que nos dé algo durante la semana, no? por que ahora en vez de esperar que no se encuentre con Elías, resulta que le has servido a su víctima en bandeja... Claro, me encanta lo que le explicas a Mela... jajajajaja como ¡tú sí sabes lo que sucede! Es broma, me encanta como tratas la historia, con ese punto de intriga y suspense además de lo bien que nos situas en las escenas. Eres genial escribiendo, y a mí me gusta esta novela, así que todo está servido.

    Besitos y feliz domingo!!

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    1. Nooooooooo, yo no quiero que os pase nada malo, y estoy convencida de que no os va a pasar, sois chicas fuertes.
      Estoy muy contenta de que te esté gustando la historia y de que, de mi mano, te sientas bien situada en ella. Espero que en butaca de primera fila.
      Besitos FG, pasa un buen domingo.

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  3. A mi me ha dado yuyu cuando el tío ha tirado el puro al suelo, a ver si incendia el monte!!!!! a ver si se lleva una sorpresa el diablo ese y se lo cargan de una vez!!!!!
    Besos.

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    1. Bueno, lo ha tirado en el camino, lugar poco frondoso y recién llovido; te garantizo, y eso sí puedo decirlo, que el monte no va a arder.
      Un besito de lunes.

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  4. Que mal rollo da este hombre. Ya me lo imagino cavilando donde encontrar al pobre chico y pegándole un tiro amparado en la niebla!
    Besos

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  5. ¡Pero si lo tiene delante! ¿Con quién crees que está hablando?
    Besos

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