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lunes, 17 de octubre de 2016

Sara


















Imagen de la red

A Sara le gustaba recorrer el cementerio de su pueblo, un camposanto antiguo con ciertos tintes góticos. Pasear por entre tumbas y mausoleos no le causaba aprensión ni temor. Leer las inscripciones talladas en las lápidas que se alineaban en apretadas filas de nichos, jamás le produjo desasosiego. Contemplar los rostros desvaídos, prisioneros detrás del cristal de su pequeño marco finamente ornamentado, le provocaba una inmensa ternura que su joven mente no atinaba a racionalizar. Se extrañaba de este sentimiento, ya que de nada les conocía.
Así era en su niñez, cuando cada 1 de noviembre por la festividad de Todos los Santos, visitaba el recinto de la mano de sus padres para depositar flores frescas en la última morada terrenal de sus abuelos maternos. El cementerio estaba precioso, su luz parecía diferente, más brillante. Ese día olía distinto, a césped recién cortado, a fresca humedad, a mil aromas florales. Pequeño y recogido como era, palpitaba de vida en cada rincón y ella creía ver una sonrisa velada y una mirada especial en el rostro de cada imagen congelada en el tiempo.
Sara era observadora, tampoco se le escapaba la expresión de tristeza en los ojos de su madre cuando, agachándose, detenía unos instantes su mano sobre la lápida fría y, a continuación, colocaba el ramo de flores en el pequeño jarroncillo de metal. Permanecía un rato quieta en esa posición, absorta, luego se incorporaba y volvía a tomarla de la mano. 
Cualquier otra niña de seis, siete u ocho años, hubiera hecho preguntas o incordiado para marchar a la pastelería a dar buena cuenta del pastel prometido, o a la feria que se instalaba en la ciudad por esas fechas, pero Sara guardaba silencio, oprimía la mano de su madre y le sonreía tímidamente respetando aquellos momentos que la ausentaban de su presente.
Sentía que la comprendía en lo más hondo de su corazón, que a pesar de la serenidad que encontraba en aquél lugar de piedra y mármol, de ángeles solemnes, de pasillos estrechos y extrañas casas grises, cosa diferente sería si hubiera de pasar por lo que su madre estaba pasando. Tener que ir a visitarla como ella hacía con sus padres, cada fecha señalada, para contarle sus cosas a través de una insensible losa le ponía la piel de gallina por todo lo que implicaba: no volver a sentir nunca más sus cálidos abrazos, sus besos. No volver a escuchar su voz. Si se ponía en su lugar... tenía miedo.

Seis lustros más tarde, un nuevo 1 de noviembre, Sara sigue recorriendo ese mismo camposanto como ha hecho cada año durante los últimos treinta. Su alma sigue fiel al ritual. Las puertas del cementerio abren temprano y ella otea ansiosa la entrada, hasta que les ve. Llegan cogidos del brazo, mamá lleva un ramo de flores, papá otro. En sus rostros se refleja el paso del tiempo, también en sus cuerpos, pero Sara se asoma más allá, adentro, tiene ese privilegio aunque le aflige lo que ve. 

Cómo explicarles que es feliz, que el tiempo para ella ya no significa nada, que no es nada sino un suspiro, una leve inspiración; que lamenta tanto su dolor que es la única razón por la que vuelve cada año, pero que su alma hace mucho que vuela alta e inmensamente dichosa... Que les espera como sus abuelos la esperaban a ella, que estará preparada para recibirles, pero que no tiene prisa; lo que ha de ser, es en el momento justo, ni un minuto antes ni uno después.
Va hacia a ellos, les envuelve con todo el amor que alberga su esencia y les precede en su recorrido por los pasillos del viejo camposanto. 
Cuando se marchan, hay una niña entre ambos cogida de sus manos. Como entonces.

Ana Sefern

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